LEY ANTONELLI

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jueves, marzo 8

LEY ANTONELLI

Todo empezó hace muchos años, con aquella manifestación de los setentas, ¡de los setentas!, y con las valientes travestis y los homosexuales (ni siquiera con los nombres modernos), con una combinación explosiva de desesperación y de alegría, la primera alegría, el primer orgullo -¿fue así, Marieta? ¿Estuvisteis vosotras?-, y salieron a la calle, y desfilaron, se divirtieron y desafiaron, anunciaron el futuro.

Luego, en los ochentas, también se juntaron las trans igual de valientes de Madrid en Transexualia, y convirtieron la calle en la base de su lucha por la dignidad y por un futuro en el que había que conquistar cosas que ni siquiera se podían imaginar.

Siempre uso la palabra valientes al hablar de aquellas travestis y aquellas trans porque me estaban abriendo la puerta con su audacia mientras yo permanecía paralizada de miedo en mi jaula de oro, pero extinguiéndome de pena.

En este artículo voy a hablar de lo que he visto y de lo que sé. Naturalmente, eso nos pasa a todo el mundo, cada cual habla de lo que se ve desde su balcón y no puede hablar de lo que no se ve. Por tanto, si alguien sabe que hizo algo y que yo no lo menciono, que me disculpe por no saberlo.

Pasaron unos cuantos años, el profesor de Derecho Javier López-Galiacho había preparado su tesis doctoral sobre la transexualidad, y el senador Arévalo, del PSOE, la recogió para presentar el primer proyecto de Ley, la que algunas personas llamamos Ley Galiacho, por su inspirador. Aquel intento fracasó.

Siguieron pasando años -¡despilfarrábamos los años, éramos ricas en años, para qué ¡preocuparnos si veníamos de una millonada en años de penas!- y el Partido Popular, cuando le tocó, jugó desvergonzadamente con nosotras (y vosotros)

Y de pronto, Zapatero (que no es santo de mi devoción), puso nuestra Ley en su programa electoral, junto con la del matrimonio homosexual. Nos llenamos de esperanza una vez más. ¿Ya, cuántas llevábamos?

Y empezaron a pasar los años, de nuevo, otra vez, menos, pero pasaban. Habíamos aceptado que tuviera prioridad la Ley del matrimonio homosexual. Bueno, son más. Pero la nuestra venía a continuación. Y no venía. Y el tiempo pasaba otra vez.

Hasta que Carla Antonelli se puso en pie. Había estudiado cuidadosamente las fechas, veía que si lo dejábamos pasar, la Legislatura podía agotarse, y que todo pasara una vez más, y vuelta a empezar, o a ver que ya no se empezaba otra vez.

Yo, no sé si las demás, estaba dormida, aletargada en el escepticismo que habíamos ido aprendiendo tantas veces, hasta que Carla me despertó. Era verdad. El tiempo se agotaba. Era mayo, llegaba el verano, y si la ley no se anunciaba antes del verano, era posible que no se anunciase en octubre, o en noviembre, o en diciembre, y que si no se empezaba su trámite enseguida, sería posible que se disolvieran las Cortes y que la Ley, incluso empezada a tramitar, caducase. ¡Cuántos tecnicismos deprimentes habíamos aprendido en los años anteriores sobre el trámite de las leyes!

Carla había estudiado también fríamente las fechas. Iba a declararse en huelga de hambre, pero no ya, sino al cabo de quince días, para dar tiempo a que se fraguase una respuesta positiva. Pero había puesto en marcha el reloj, y el reloj andaba ya, como en las películas de bombas.

Pero sobre todo, lo que Carla había pensado antes de ponerse en pie, era a quién debía concederle la máxima prioridad, si a su partido o a su colectivo. Para entender este dilema, a mí, con mis creencias, no se me ocurre más que una comparación: elegir entre Dios y mi colectivo. Y es como si yo hubiese elegido a mi colectivo, enfrentándome a la condenación eterna. Sólo que, si yo hubiera hecho eso, por eso mismo me habría hecho digna de Dios.

Entonces, para Carla, que ha sido siempre socialista sin carné, que se ha metido desde siempre en el partido, que ha sido su apoyo y la fuerza moral de su vida, se le presentó este orden nuevo de prioridades: primero, mi colectivo; y segundo, mi partido. Se jugó su futuro. Yo, que siempre he sido muy idealista y pocas veces he visto que lo que quisiera fuese realidad, vi en Carla la fuerza de una convicción. Ella no podía soportar no poder mirar a la cara a una compañera.

No tenía nada que ganar, que no fuera moral, y sí mucho que perder. Pero tenía que hacerlo. Es la primera vez que veo a una amiga mía arriesgar así todo su futuro. Sólo eso la hacía digna de un partido de personas honradas.

Unas cuantas amigas nos juntamos a su alrededor, dándole fuerza y representatividad a su acción. Casualmente, éramos del Norte, de Este y del Sur de España: estuvimos Andrea Muñiz, de Transexualidad Euskadi, Gina Serra, de ATC Libertad de Cataluña y yo de Identidad de Género de Andalucía. Y Carla, en Madrid.

Geográficamente, de manera casual –pero no hay nada casual- éramos muy representativas.

Nos pusimos en marcha, comunicados dieron la noticia de que nos sumábamos a la huelga, el reloj seguía andando pero, en este caso, tal era nuestra febril actividad, que los días que faltaban se hacían largos, y en cada uno de ellos pasaban muchas cosas.

La primera, que el sacerdote José Mantero y el político republicano Jaume d’Urgell, ambos gays, se sumaron al anuncio de la huelga, arropándonos.

Nos preparábamos, no sin miedo. Había la duda de si el PSOE habría calculado posibles costos electorales de nuestra Ley y preferiría ser prudente y no sacarla, costase lo que costase. Nadie estábamos en los círculos de decisión del partido. Podía ser que la huelga se prolongase, dos o tres días los aguanta cualquiera, pero después… Y si se prolonga, puede producir daños en los cuerpos, aunque cese.

Y no podíamos ceder. Era la cuestión de nuestra dignidad como personas. Metidas en ella, las transexuales que nos metiéramos, teníamos que estar a la altura de la dignidad que queríamos que todos vieran. Teníamos que ser respetadas y para eso era preciso demostrar que llegaríamos a las últimas consecuencias, si fuera necesario.

La razón podía decirnos otra cosa, pero el miedo es libre.

Ya por entonces, Ángel de la Granja, el marido de Andrea, que estuvo constantemente animándola, tuvo que levantarla una noche, cuando se le había caído la cabeza en el plato, de agotamiento. Ella ni se enteró.

Joana López, que no podía ir a la huelga por razones laborales, arropaba sin embargo a su pareja Gina Serra con una voluntad de expresar su solidaridad con media huelga simbólica.

Yo llamé a mi amigo Jorge Puchol, que estaba en Valencia, y como sé que puedo contar con él, le pedí que viniese a Granada si era necesario para ser la persona que estuviese a mi lado mientras durase la huelga, resolviendo las cuestiones prácticas y aceptó, lo que me sonó como si me dijera (no fue preciso, no me lo dijo): "Soy tu amigo".

Tatiana Sánchez Mansilla nos alivió mucha angustia al encontrar en Internet el manual de consejos de la Cruz Roja para casos de huelga de hambre.

Pero ninguna de nosotras se jugaba nada aparte del sufrimiento de la huelga, que esperábamos que fuera pasajero. Carla Antonelli se jugaba además, desde el momento en que la anunció, su futuro en muchos sentidos. Mejor dicho, parecía tenerlo ya perdido. Era la única persona de las envueltas en el anuncio de huelga que podía tener sólidas razones para pensar que podía perder mucho. Pero seguía.

El tiempo seguía pasando. Ya faltaba una semana. Los mensajes volaban entre las asociaciones, las facturas telefónicas se desorbitaban, pero lo que Carla había hecho al ponerse en pie, se extendía, y ahora éramos casi todas las asociaciones de España las que nos habíamos puesto en pie.

Era una especie de Stonewall 2. Éramos las y los transexuales quienes cogíamos nuestro futuro con nuestras manos, quienes ya no pedíamos, como habíamos hecho hasta entonces, sino exigíamos.

Nos convertíamos en sujeto político, en sujeto de nuestra historia, no en objeto. La historia iba a ser nuestra, como así ha sido, y la ley iba a ser nuestra, no una ley sobre nuestras espaldas, sino una ley conseguida por nuestro empeño.

No hablo en teoría. Aquella unión maravillosa se materializó en la reunión previa a la de Ferraz, en la sede de Transexualia. No era preciso discutir, se sentía la unanimidad.

Existía por primera vez un movimiento transexual, con unidad de fines. Alguien fue a comprar comida y comimos esperanzadamente, mientras hablábamos, sin parar pero sin discutir. Juana Ramos, a mi lado, que como otras muchas se rendía a la evidencia, me dijo en voz baja: "Estoy emocionada". Era para estarlo. La cordialidad y la unidad de criterio lo impregnaban todo. Lizette habló entristecidamente por sus compañeras inmigrantes (que pueden seguir tristes, después de todo)

Nos levantamos y nos fuimos a Ferraz. Jaume d’Urgell esperaba abajo. Aquella fue la reunión en la que Pedro Zerolo hizo unas promesas concretas.

El reloj se paró. Faltaban cinco días, como lo comuniqué a Stephen Whittle y Christine Burns, de Press For Change, a Lynn Conway, de Estados Unidos, a mi amiga Marlène Meges, de Francia, y a toda la red transexual mundial con la que se relacionan, a quienes había enviado partes día por día.

Quedaban todavía trans escépticas, con nuestro justificado escepticismo de siglos, pero en el Congreso de los Diputados, con toda la solemnidad del caso, se anunció la entrada de la Ley para el siguiente mes de junio. El Partido Socialista había cumplido su promesa.

Luego vino la época del seguimiento. En la medida en que ya todas las organizaciones trans estábamos implicadas, muy activamente, la función de Carla siguió siendo muy notable, pero ahora el protagonismo lo era de las diversas asociaciones y de los grupos en que nos constituimos, como el Comité Ley, primero, y luego la Plataforma, que era y es libre y asamblearia en la red y la FELGT, más política y formalizada.

Vinieron reuniones, propuestas, contactos con Grupos Parlamentarios, el mes de junio… Carla tuvo que organizar, deprisa y corriendo, como resumen público de todo lo que había sucedido, la Primera Fiesta del Orgullo Trans, y lo hizo en Chicote, que ya va tomando solera nuestra, para abrir un Orgullo, en el que al día siguiente me vi en la calle, en la Gran Vía, verdaderamente orgullosa entre mis compañeras –y mi amigo Jorge, que se vino conmigo a festejar aquel happy end- y del que recuerdo ahora a Jorge Martín, voceando detrás de nuestra pancarta consignas de orgullo con un megáfono, y a Jaume d’Urgell, flameando una enorme bandera republicana cuyos colores eran su única ropa.

Luego volvió a correr el tiempo, pero ahora a nuestro favor. El verano, luego octubre, noviembre, la aprobación de la Ley por el Congreso de los Diputados, diciembre, las vacaciones parlamentarias de enero, febrero, el 1 de Marzo.

Ahora voy a hacer una precisión. Todo lo que digo a continuación, lo digo por mí, que sé lo que digo. No hablo por boca de Carla, sino por la mía. No me lo ha pedido, no me lo ha sugerido, ni siquiera lo he hablado con ella y hasta a lo mejor, a fin de cuentas, la perjudico. Pero mi criterio cuando las cosas llegan a determinado punto, es que "de perdidos, al río".

Todas y todos tenemos algo más, gracias a tener la Ley, pero hay alguien que tiene algo menos, y es Carla. Por el momento, sigue pagando porque tuvo que hacer algo que toda persona, sea de un partido o no, tiene que hacer por lo menos una vez en su vida: actuar en conciencia.

Cualquier partido, cualquier formación social, tiene que ser capaz, a su vez, de respetar que éste sea el primero de los derechos humanos. Ése es el tema, desde hace veinticinco siglos, de la tragedia "Antígona".

He leído en algún importante lugar que a Carla se la define como "activista transexual del PSOE", y no como "Coordinadora del Área Transexual del PSOE".

Si el PSOE estuviera de acuerdo con esa definición, eso me ofendería a mí. A mí. Porque querría decir que el PSOE habría menospreciado a las y los transexuales que nos sabemos representados políticamente por Carla Antonelli.

El PSOE tiene ahora la oportunidad de demostrar que es un partido democrático, que expresa y respeta la opinión de la calle, o un partido aparático y autoritario. La oportunidad nace de que haga una autocrítica interna, y reconozca que, si Carla Antonelli, integrada en el PSOE, militante por el PSOE, no se hubiera puesto en pie, el partido se hubiera dormido, no habría habido Ley, y el partido tendría que contar ahora un incumplimiento y no una gloria.

Una prueba: Si no está Carla Antonelli como Coordinadora del Área Transexual del PSOE, el PSOE no podrá realizar una política transexual y su política gaylésbica verá serias fisuras.

¿Quién se atreverá a ocupar el puesto de Coordinadora del Área Transexual del PSOE en el lugar de Carla Antonelli?

¿Quién lo haría sin recibir inmediatamente el ninguneo más absoluto por parte de los y las transexuales?

¿Se atrevería el PSOE a sufrir una erosión constante, estructural, de su política de minorías sexuales en este punto, porque consideraríamos las y los transexuales que también el PSOE nos menosprecia al menospreciar a Carla y que habríamos sacado nuestra Ley adelante contra él y no con él?

Es la inteligencia política la que debe resolver este dilema.

Yo voy a llamar siempre Ley Antonelli a nuestra Ley. Responde a la verdad histórica, Carla se levantó y la seguimos, unos después de otros, todas y todos. La Ley ha resultado de ese empuje. Si no hubiera habido ese empuje, no habría habido Ley.

Por tanto, ahora, en este acto de justicia, que me siga quien entienda lo mismo.

 
Kim Perez
Kim Pérez
Presidenta Asociación Identidad de Género de Andalucía

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