La normalización que no llega

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La normalización que no llega
Anónimos y declarados. Gays y lesbianas de la provincia analizan la situación actual de un colectivo que busca la integración social completa, pero en el que muchas veces la autodiscriminación representa una barrera casi impenetrable
MAGALÍ FERNÁNDEZ Una década ha cumplido ya el siglo XXI. El futuro hace diez años se presumía halagüeño, una época para superar viejos temores y prejuicios. Así, la legislación ha avanzado para muchos colectivos en España, en especial para el de gays y lesbianas. La primera etapa de Zapatero otorgó un derecho que se hizo esperar demasiado, los homosexuales pueden hoy contraer matrimonio, por mucho que les pesó esa denominación a otras formaciones políticas. El líder del PP, Mariano Rajoy, ya ha anunciado que de ganar las próximas elecciones no mantendrá la posibilidad de unión civil entre personas del mismo sexo. La situación social de estos colectivos -estandartes de la lucha por la consecución de libertades en todo el mundo- no se ha normalizado ni mucho menos.
Así lo demuestran diferentes testimonios de gays y lesbianas de la provincia, anónimos y declarados con nombres y apellidos. El temor a perder un empleo y tener problemas para optar a él son los obstáculos más frecuentes a la hora de decir: “sí, soy homosexual y no pasa nada”.
“La sociedad acepta a los gays, pero no asume su condición y ello se evidencia en frases como “pueden hacer lo que quieran, mientras no molesten””. Este es el diagnóstico del actual presidente de la asociación de gays y lesbianas de Alicante “Diversitat”, Angel Amaro. “La gente tolera al colectivo gay por presión mediática, está mal visto ser homófobo, pero la discriminación está en la superficie, existe en la actualidad una homofobia indirecta”, explica Amaro. Esta última observación la comparten dos de los miembros de Espai, asociación LGTB (lesbico, gay, transexual y bisexual) de la Universidad de Alicante, Patricia y José. Según estos jovenes estudiantes, la homofobia se ha ido moderando y en estos momentos los homosexuales se enfrentan a una violencia indirecta. Además, el desarrollo y aceptación social contrasta, para ellos, de unos ámbitos laborales a otros: “Si eres militar o futbolista, no dices que eres gay; eso no ha cambiado con el tiempo”.
Sin embargo, los representantes de esta asociación van un paso más allá y sugieren, además, un tercer y cuarto tipo de homofobia, la que se dedica a encasillar a los gays de manera sutil y la que practican los propios homosexuales. En este sentido, y aludiendo a lo que muchos llaman “plumofobia” (odio contra aquellas personas a las que su manera de actuar denota su condición sexual), Patricia y José aseguran que “no somos los homosexuales los que estamos discriminados, sino aquellos que no encajan en un molde establecido y que aprisiona a muchos heteros y bisexuales”, que por mostrarse algo “afeminados” son rechazados.
“El proceso de normalización está en marcha, pero es necesario seguir avanzando”, apunta José, quien está seguro de que “hasta que Disney no haga una película con dos príncipes”, la situación para gays y heteros no será la misma y la sociedad seguirá observando de costado a las parejas de un mismo sexo.

Callar por necesidad
“Te cuento lo que quieras, pero ni fotos, ni nombre”. Así una y otra vez comienzan los testimonios. Todos coinciden en ocultar su condición sexual por dos razones: el trabajo y la trascendencia de afirmar públicamente la propia homosexualidad. “No es lo mismo contar a tu familia que te gustan las chicas o los chicos, según cada caso, que publicarlo en un periódico”, afirma uno de los entrevistados. Si bien resulta difícil imaginar que el hecho de tener unas o otras preferencias sexuales sea condicionante a la hora de conseguir un puesto laboral, este aspecto preocupa en especial a los jóvenes, quienes aún no han conseguido un trabajo y que ven como una amenaza declarar abiertamente su homosexualidad.
Existen ciertos ámbitos en los que se acepta abiertamente que una persona sea gay o bisexual, como por ejemplo en política, pero, a pesar de ello, algunos prefieren callar. Un concejal de la provincia (que prefirió mantenerse en el anonimato) reconoce que en su espacio de trabajo todos conocen su condición y que no existe problema alguno, “aunque al ser un cargo electo puede haber gente que no lo entienda”. Así, se muestra convencido de que en la actualidad una empresa, sea pública o privada, no rechazaría a un empleado por ser homosexual. No obstante, el concejal asegura que “desde el momento en que se habla de la situación del colectivo gay, no existe normalización alguna”. “Sigue habiendo estereotipos, sigo experimentando casos en los que me freno, no voy de la mano de mi pareja por la calle por ejemplo”, agrega.

La otra cara de la moneda
A Carlos (Chena para los amigos) le desconcierta escuchar que haya gays que prefieran ocultar su sexualidad. “El problema es la aceptación, pero, lo primero y más importante, a uno mismo”, subraya. “Alicante es una ciudad abierta, me iría por muchos motivos, pero no porque no pueda expresar mi condición sexual libremente”, confiesa Carlos. “Se supone que hay homofobia, pero yo no la he visto o no la he vivido. Desde el primer momento, mi familia me acepto tal y como soy, al igual que mis amigos, quizás he tenido mucha suerte”. Sin embargo, admite que existe cierto rechazo indirecto, pero que en realidad se trata de una “sobreaceptación”, que de alguna manera llega a ser discriminatoria, ya que “nos tratan como a un peluche”.
En este sentido, este joven publicista cree que los medios de comunicación tampoco ayudan demasiado. “Siempre de ha utilizado la imagen del gay gracioso, sensible, guapo. Jesús Vázquez es un ejemplo de homosexual imposible”. Con respecto a ocultar que se es gay por miedo al despido o no conseguir determinado puesto laboral, Carlos opina que es “una tontería” que puede darse más entre los jovenes, ya que “cada vez hay más gente abierta, adultos, que no tienen nada que perder, que ya tienen su trabajo y les da igual mostrar su homosexualidad”.

La voces que apenas se oyen
A pesar de los derechos adquiridos, el comportamiento de la sociedad continúa igual: los hombres siempre lo tienen más fácil. Por ello, las mujeres lesbianas, los transexuales y los grupos gays étnicos minoritarios se enfrentan a la situaciones más discriminatorias. Micky y “Miss Botox”, la misma persona, una de día y la otra, algunas noches de la semana. “Me dedico al espectáculo, soy gay desde los 10 años. Me visto de mujer, pero no me siento mujer, lo hago para divertirme, se trata de una transformación mental, al igual que un actor”.
Miky afirma que la respuesta de la sociedad a los transexuales es muy negativa, y cree que para empezar a avanzar en este sentido se debería mostrar una real aceptación por parte de los puntos de poder. Sin embargo, “Miss Botox” ha sufrido en más de una ocasión los residuos de una forma de pensar acabada. Este pasado verano, un grupo de chicos comenzó a insultarla como consecuencia, simplemente de la alegría que regala en las calles del barrio las noches de fiesta. Finalmente, uno le golpeó, ante la indiferencia del resto de personas que se encontraban en las calles. Miky no denunció, pero sabe que fue un gran error y que la única manera de erradicar este tipo de actuaciones es a través de una constancia policial. A pesar de ello, y de las múltiples situaciones negativas que como travestido le toca vivir, concluye que “todo el mundo debería ser drag queen una vez en la vida”.

Nuevas generaciones
Mayte, de 29 años, comienza a notar que “el amor entre dos mujeres” es algo casi normal a finales de la primera década del siglo XXI.No obstante, aún considera que el machismo es un mal arraigado que costará años superar. Para ella, la lesbianas han sido “perseguidas, ignoradas y doblemente discriminadas” durante años, como consecuencia -en sus palabras-, de prejuicios que no son otra cosa que fruto de la ignorancia y de la mediocridad. “El mayor problema hoy es la barrera que cada persona -gay- se impone a sí misma”, asegura Mayte, propietaria de “Mia”, uno de los pocos lugares de ambiente para chicas en la provincia, y que organizó la primera fiesta lésbica en Ibiza.
“La situación ha mejorado mucho estos últimos años, pero hacen falta décadas para llegar a una normalización”, evalúa Mayte, quien asegura frecuentar sitios de ambiente desde los 15. “A mi pub, cada año van nuevas generaciones de chicas con sus novias. Sin embargo, siempre hay algún desubicado y se suceden agresiones verbales”. Por otro lado, ante la incomodidad de sentirse observada, la joven empresaria -y además ex modelo y escritora- afirma que no coge a su novia de la mano para evitar “miradas innecesarias”. Y sentencia: “La sociedad no tiene nada que comprender ni que aceptar, porque somos personas independientes. No te enamoras del sexo de una persona, te enamoras de esa persona y punto”.
Años de exposición mediática y una larga lucha por los derechos de la población gitana le hacen hablar claro. Juan David se ha convertido en uno de los pocos gitanos en alcanzar representatividad en un colectivo gay (Diversitat). “Hay que salir del armario, primero, como personas, y, luego, aceptar las diferentes identidades que tenemos”. Por ello, admite que la condición de homosexual se vuelve mucho más difícil para quien, además, debe asumir una diferenciación de etnia, religión, raza, o cultura. Aunque, a la vez, dado que estas personas ya han tenido que superar esa primera fase de discriminación, “tienen la fuerza que quizás a otros les falta”, según Juan David.
En principio, los prejuicios sobre el colectivo gitano presumen un machismo que acalla a gays y lesbianas. Sin embargo, Juan David rompe con esa estructura y asegura que nunca ha tenido que esconderse ni se ha sentido agredido dentro de su ámbito social. “He creído y vivido en un gueto. Sigo viviendo entre nueve hermanos y siempre me han valorado por mi cabeza y mis actos, porque he llevado mi homosexualidad de forma totalmente natural”.
“Alicante es una ciudad abierta, el colectivo gay recibe apoyo de las instituciones, de los grupos empresariales; claro que hay prejuicios y cierta discriminación, pero hay posibilidad de expresarse, y vivir con normalidad una situación que debe empezar a adoptarse por uno mismo”, concluye.

Los constrastes entre una ciudad abierta y los pueblos donde el armario todavía continúa cerrado

La provincia de Alicante muestra marcados contrastres en lo que se refiere a la sexualidad. Cuenta con más de una decena de lugares de ambiente. En cada una de las grandes ciudades existen asociaciones que representan al colectivo homosexual. Sin embargo, la vida en los pequeños pueblos es muy diferente. “Toda mi familia sabe que soy gay”, comenta J., un joven estudiante, “sin embargo no me da la gana que el lunes una vecina señale a mi madre porque en el periódico ha salido mi foto y mi condición sexual”. Para J. aquel rechazo a gays y lesbianas ha casi desaparecido, pero apunta que “siempre hay alguien que se ríe o que comenta sobre ello”. Por otra parte, J. afirma que la vida para un homosexual es completamente diferente en la ciudad de Alicante, así como una vez que se ingresa en la Universidad, “otro mundo, no hay problemas en decir abiertamente que se es gay”. “Si comparamos estos últimos cinco años con una década atrás, la situación ha mejorado notablemente, aunque si aún hay gente que se plantea que se debe tolerar a los homosexuales, significa que todavía el problema persiste”. M. f.

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