Las personas mayores trans (LGTB). Barcelona, una ciutat compromesa amb el valors de l’Any Europeu de l’Envelliment Actiu i de la Solidaritat entre Generacions

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Las personas mayores trans (LGTB). ATC/28J
“NI UN PAS ENRERE: Els Drets i les Llibertats no es Toquen”

Barcelona, una ciutat compromesa amb el valors de l’Any Europeu de l’Envelliment Actiu i de la Solidaritat entre Generacions

A pesar del interés cada vez mayor sobre el envejecimiento, la realidad de las personas mayores LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y trans) permanece escasamente explorada. En ese contexto, la mera existencia de ancianos y ancianas con una orientación sexual o identidad de género diferente a la normativa resulta todavía disonante. Sin embargo, estas personas mayores son víctimas, como mínimo, de una doble discriminación: por razón de su edad (edadismo) y por razón de su orientación o identidad sexual (homofobia o transfobia). El maltrato hacia las personas mayores es una forma de violencia presente en nuestra sociedad que muestra una serie de peculiaridades en relación con la población anciana LGBT.
Son múltiples las circunstancias y condicionantes que afectan decisivamente al bienestar de las personas mayores LGBT y que deben tenerse en cuenta en el diseño de las políticas sociales y en la organización y provisión de servicios para la vejez. Estas personas mayores LGBT se enfrentan en su vida diaria a varias formas de discriminación superpuestas: al menos el edadismo y la homofobia (o transfobia, en el caso de las personas trans(1)). Lo que las coloca en una situación de especial vulnerabilidad, incluso dentro del grupo vulnerable de las personas mayores. Vulnerabilidad que, en ocasiones extremas, puede convertirlas en víctimas de malos tratos, tanto en el ámbito familiar (por parte de su pareja, de sus familiares o de su entorno próximo) como en el institucional.
Beatriz Gimeno (2009:12) desde el activismo, “no sabemos quiénes son las personas mayores LGBT porque apenas les hemos visto. Y no sabemos dónde están porque tampoco les hemos visto en las asociaciones que serían, en teoría, un lugar mucho más accesible y benevolente para ellos que el ambiente o la sociedad heterosexual. No salen a los lugares de ambiente porque los lugares de ambiente no solo no les acogen sino que les expulsan”. Es decir, se les discrimina en primera instancia invisibilizándolos.
La múltiple discriminación.
Las personas mayores en general pueden llegar a sufrir una múltiple discriminación por diversas causas y es necesario considerar cómo pueden experimentar diversas formas de opresión a través de otros factores que se añaden al de la edad (Crawford y Walker 2004: 15). A este respecto, Thompson (2006: 13) define discriminación como “el proceso o conjunto de procesos a través de los cuales se identifica una diferencia, utilizándola después como base para un tratamiento injusto”. A través de esta discriminación se puede denegar a las personas sus derechos y colocarlas consecuentemente en una situación de opresión. Opresión entendida en un doble sentido: como injusticia social y como barrera para la autorrealización (Thompson 2006: 115).
Muchos estereotipos negativos se relacionan tanto con la edad como con la homosexualidad, bisexualidad y transexualidad. La confluencia entre edadismo, o la discriminación por razón de la avanzada edad, y homofobia, o la discriminación con motivo de la homosexualidad, genera una visión tópica y muy negativa de las personas mayores LGBT(2). Con base en esos tópicos, las personas pertenecientes a estas minorías son contempladas como depresivas, solitarias, desesperadas y asexuadas por una visión dominante heterosexista. Y ello aun cuando esto no tenga apoyo necesariamente en la realidad que están viviendo. Lo cierto es que si Dowd (1986: 180) caracterizaban a las personas mayores como inmigrantes en el tiempo cuyo aspecto, comportamientos y valores son tan diferentes a los nuestros que nos parecen extraños, las personas mayores homosexuales serían, según Rosenfeld y Pollner (2000: 101) y siguiendo esta expresiva analogía, una especie de inmigrantes sin papeles.
En definitiva, la conjunción de edadismo y homofobia genera una discriminación múltiple con diversas facetas en las que un grupo dominante oprime a otro grupo de manera activa o bien por omisión. Y ese grupo que ejerce la opresión,
Las personas trans (con especial atención a las transexuales). La múltiple discriminación que sufren supone la no realización plena y efectiva de los derechos humanos de estos colectivos. Sus efectos se reflejan en aspectos tan importantes como la mayor carencia de recursos económicos, la falta de atención a determinados aspectos específicos de su salud y algunas dificultades asociadas en relación con la provisión de cuidados.
En definitiva, la conjunción de edadismo y homofobia genera una discriminación múltiple con diversas facetas en las que un grupo dominante oprime a otro grupo de manera activa o bien por omisión. Y ese grupo que ejerce la opresión, como hace notar John Genke (2004: 88), no es necesariamente siempre el mismo. Las personas mayores LGBT son discriminadas: primero, dentro de la sociedad en general, como personas mayores; segundo, como personas mayores y pertenecientes a una minoría sexual; tercero, dentro del grupo de las personas mayores, como homosexuales o personas trans; y, en cuarto lugar, como personas mayores dentro de la comunidad LGBT.
El edadismo.
Como concluye Bazo (1990: 201), el principal problema de la vejez es que resulta mal vista suponiendo objeto de aversión por parte de las personas en general e incluso de las propias personas ancianas en particular. A las personas mayores se les arrincona al convertirlas en jubiladas y se les estigmatiza al considerarlas viejas. A causa de los estereotipos negativos que configuran la percepción de la vejez, las personas ancianas sufren discriminación por parte de la sociedad por razón de su avanzada edad.
Esta discriminación, cuando está dirigida hacia las personas mayores, se denomina edadismo, edaísmo o también ageismo (en traducción demasiado literal del vocablo anglosajón ageism). La terminología fue utilizada por primera vez a finales de los sesenta por Butler que definió el edadismo(3) como “un proceso por medio del cual se estereotipa de forma sistemática a, y en contra de, las personas mayores por el hecho de ser viejas, de la misma forma que actúan el racismo y el sexismo, en cuyos casos es debido al color de la piel o al género” (Butler y Lewis, 1973: 141). Bytheway (1995: 9) sugiere que se trata de “un prejuicio basado en la edad” mientras que Hughes y Mtzezuka (1992: 220) describen el concepto como “un proceso mediante el cual, a través de imágenes y actitudes negativas hacia las personas mayores, basadas únicamente en las características de la vejez, se discrimina a los mayores”.
Dentro de esa actitud se incluiría desde la difusión de estereotipos negativos en los medios de comunicación y en la vida cotidiana que lleva hacia la estigmatización del colectivo, hasta actitudes paternalistas y condescendientes respecto a los ancianos. Para Palmore (2001: 572), se trata de una de las formas más importantes de discriminación en nuestra sociedad junto con el racismo y el sexismo. En definitiva, como sugiere Herring (2009: 13), el edadismo impregnaría toda nuestra sociedad. Pero lo cierto es que presenta también algunas diferencias respecto a otras formas de discriminación como el sexismo, el racismo o la homofobia: ya que, por un lado, todas las personas pueden llegar a ser objeto del mismo si viven lo suficiente; y, por otro lado, no existe una conciencia clara y generalizada sobre el tema porque se trata de un concepto relativamente nuevo y con manifestaciones en ocasiones muy sutiles.
A diferencia de otras discriminaciones como las que tienen origen en el sexismo o el racismo, la circunstancia del envejecimiento es general para todos los seres humanos que viven lo suficiente para convertirse en mayores. Todos (si sobrevivimos) pasaremos por la experiencia tanto de ser jóvenes como de ser viejos, pero, como es evidente, no pasamos por la experiencia de pertenecer a distintas razas (aunque un cambio del contexto social en el que se inserta el individuo puede implicar que la etnicidad antes una circunstancia poco relevante pase a serlo en términos de sufrir discriminación) ni de pertenecer a diversos géneros (excepto las personas trans que, como analizaremos después con más detalle, ya son de por sí un grupo, sobre todo los transexuales, que sufre situaciones especialmente graves de discriminación). Por ello, esta dialéctica del ellos frente al nosotros, tan propia de la discriminación por razón de sexo o de raza, en el caso de la discriminación por edad no estaría tan marcada o no sería tan evidente (Herring, 2009: 24).
Autores como Gil Calvo (2003: 69 –70), desenmascaran la ambigüedad cultural existente en el seno de nuestras sociedades poniendo de manifiesto cómo la vejez resulta por un lado encarecida y por otro lado escarnecida. Por un lado se la protege materialmente – a través del gasto público en salud, pensiones y servicios sociales – y, por otra parte, se la humilla moralmente, descalificándola al identificarla con el estigma que la reconoce como una carga familiar y social. Tal como concluye Flaquer (1998: 59), la paradoja es que su respetabilidad en el plano económico – aunque ésta sea solo relativa dado por ejemplo los altos índices de pobreza que sufre el colectivo – ha ido acompañada de la vergüenza social. Y así frente a esta visión optimista de una sociedad preocupada por las personas mayores, autoras como De la Serna (2003: 70) contraponen un panorama en el que, a pesar del innegable aumento de estudios y atenciones y de recursos hacia la población anciana, “es la gerontología lo que es popular, pero no los viejos”.
El análisis de las diversas formas de discriminación que sufren las personas mayores LGBT no puede pasar por alto la T de ese acrónimo: es decir, la que identifica a las personas trans. Estas personas a menudo son víctimas de una serie de experiencias de maltrato en su hogar, en el trabajo, en la escuela, y proveniente de la sociedad en general y de las agencias gubernamentales, los profesionales médicos, y otros proveedores de servicios. Como concluye Javier Rubio Arribas (2009), parece que por el hecho de la transexualidad se pueden cometer todo tipo de atropellos. Las expresiones, gestos y signos de transfobia son constantes en nuestra sociedad y por este motivo se produce en demasiadas ocasiones su autoexclusión y su invisibilidad por miedo a las represalias sociales y laborales. Los campos en las que estas personas trans (especialmente las personas transexuales) pueden ser discriminadas resultan muy variados y van desde el ámbito laboral, hasta el acceso a la vivienda, el sistema de salud, servicios sociales, programas de protección contra la violencia doméstica, programas de desintoxicación, etc. (Rubio Arribas, 2009; Grant et al., 2011).
Hill y Willoughby (2005: 533) definen la transfobia como “el sentimiento de desagrado emocional hacia los individuos que no se conforman con las expectativas sociales en relación con el género”. Este sentimiento abarcaría la revulsión hacia las mujeres masculinas, hombres afeminados, travestis, drag-kings, drag-queens, intersexuales (antes conocidos como hermafroditas), personas transgénero y transexuales. Como explica Talia Bettcher (2006: 203), una de las formas más certeras de entender la transfobia implica la idea de que esta distinción binaria (hombre y mujer) es una invención social que infringe gran daño a aquellos que no se ajustan claramente a alguno de esos campos.
Si la posición de las personas trans, sobre todo transexuales, se caracteriza por una gran invisibilidad social y una fuerte discriminación, la mera existencia de personas mayores transexuales parece algo difícilmente concebible en una sociedad que no perdona la transgresión de los géneros y que además ignora en buena medida los problemas de los mayores. Paradójicamente, autoras como Cook-Daniels (2002: 5) ponen de manifiesto como una porción importante de las personas transexuales no llevan a cabo esa transición entre géneros hasta avanzada la mediana edad e incluso más adelante. Entre las razones de ese fenómeno estarían el retiro (lo que evitaría los problemas de llevar a cabo la transición en el trabajo), la partida de los hijos del hogar (lo que reduciría la necesidad de preservar una determinada imagen familiar) o la muerte de los padres.
1 Este concepto de personas trans abarcaría, en realidad, diversas realidades que ponen en cuestión la organización heterosexual binaria de los géneros (hombre y mujer): transexuales, aquellos que usan o quieren usar hormonas y/o cirugía para cambiar su género y permanecer en el género adoptado; transgénero, aquellos que cambian de género con una intervención médica mínima, moviéndose a menudo entre los géneros (aunque el concepto es algo difuso y algunos lo utilizan como un paraguas que incluye a las personas transexuales y a los travestis); travestis, aquellos que cambian temporalmente de género usando signos externos como el vestido (Hill y Willoughby, 2005: 531). Con todo, como señala Cook-Daniels (2002: 1), la terminología en relación con las personas trans sigue siendo muy cambiante, difusa y objeto de disputas teóricas.
2 A lo que habría que añadir el prejuicio contra las personas trans denominado transfobia que resulta, en muchos casos, incluso más intenso y directo que contra las lesbianas y los gays (Cook- Daniels, 1997: 43). E igualmente, si no utilizamos el concepto de homofobia como abarcador de los mismos, deberíamos hablar más específicamente de bifobia, o prejuicio contra los bisexuales y de lesbofobia, o prejuicio contra las lesbianas. Respecto de la bifobia, muchos activistas bisexuales en la lucha contra el prejuicio reivindican una identidad bisexual y la construcción de comunidades bisexuales fuertes apoyadas en el deseo de disminuir el énfasis social por dividir en etiquetas y categorías, insistiendo en la sexualidad y el género como un espectro en el que no existe el nosotros y el ellos (Gallardo Linares y Escolano López, 2009: 41).
3 El término edadismo es el que prefiero (o el que me suena menos extraño) de todas las traducciones españolas del término inglés ageism.

“Los derechos humanos y la posición social de las personas mayores LGBT. Un supuesto específico: los malos tratos”
Jorge Gracia Ibáñez

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