EXPRESIÓN O REPRESIÓN EN MENORES DE SEXOGÉNERO NO-NORMATIVO

EXPRESIÓN O REPRESIÓN EN MENORES DE SEXOGÉNERO NO-NORMATIVOa

Transexología o Intertransexología – Kim Pérez

http://transexologia.blogspot.com.es/

Ensayo
Actualizado 3.XI.2013. Sigue en elaboración; por tanto, a menudo se observarán cambios.

Kim Pérez

CONSIDERACIONES GENERALES

El fin con el que empiezo este estudio, hoy 15 de octubre de 2013, es explicitar este dilema ético o práctico (la ética es la ciencia de la práctica, de las opciones razonadas)

No cabe otra alternativa lógica que o la expresión o la represión en los/las/les menores de sexogénero no-normativo. Pueden vivir con arreglo al género deseado o verse sometidos al sentido común, a la prudencia, a la tristeza, a la represión.

Es verdad que existen formas atenuadas o intermedias de una y otra, pero existen a la vez formas de represión absolutas y formas de expresión absolutas.

Planteado este dilema, se pueden ver los distintos círculos a los que concierne su resolución: en el centro está el o la menor; en su derredor, su madre y su padre; sus hermanos; su comunidad escolar; el resto de su familia, los vecinos y amigos; los profesionales médicos y psicológicos; el Estado y sus instituciones; la opinión pública.

En la práctica social, ambos términos del dilema, expresión o represión, se encuentran de hecho en una terrible balanza, ya que todavía una gran parte de los padres, posiblemente la mayor, o son considerados por parte del o la menor como inaccesibles en esta cuestión, o bien optan por la represión absoluta, atemorizándole (“Yo no quiero maricones en mi casa”), u obligándole a la fuga, lo que da lugar a una forma de expresión absoluta, la de la calle, no regulada.

La importancia sociológica de este sector de la población justifica todavía plantear la realidad y el peso de esta alternativa represiva. Puede ser objetada, en términos freudianos, por la afirmación de que “la represión crea neurosis”, y demostrada con múltiples experiencias.

Frente a ella, hay que considerar, por duro y extremo que pueda parecer, que la expresión es la única forma de vida lógica para el o la menor de género no-normativo, o no conforme con el Código de Género vigente, y considerar las distintas formas de expresión que se pueden adoptar. Éste es el fin principal del presente estudio.

No es posible entender sin diálogo a personas cuyas experiencias no son análogas a las nuestras, dado el consustancial aislamiento de todas las subjetividades. Una persona que tenga opciones transexuales no podrá entender, sin preguntar, a una persona con opciones homo o heterosexuales; y viceversa. De la misma manera, sólo cada persona es juez final de la validez de las afirmaciones exteriores que se pueden hacer sobre su consciencia, puesto que las cuestiones de sexogénero no-normativo son hechos de consciencia, de subjetividad.

En la educación de menores de sexogénero no-normativo, la pregunta fundamental tiene que ver con la idea binarista de que sólo se puede ser hombre o mujer, que plantea la perspectiva de continuidad o desistimiento en cada una de estas dos únicas opciones a lo largo del tiempo. Hasta ahora, los pocos estudios de seguimiento realizados afirman, por un error de análisis, que sólo una minoría de los/las/les menores de sexogénero no-normativo persisten en sus deseos a lo largo del tiempo.

Las personas con identidad no-normativa desde la primera niñez suelen llegar a la consciencia de las dificultades sociales a partir de la preadolescencia (diez u once años), que es la edad de la socialización, llegando así a una “fase de negación”, que puede durar muchos años, en la que se intenta adaptarse al sexogénero normativo asignado, incluso hipermasculinizándose o hiperfeminizándose en apariencia, hasta que se comprueba que esa adaptación no es aceptable para la subjetividad personal, y se vuelve, no sin esfuerzo, a la identidad no-normativa de origen.

Cabe por tanto la hipótesis de que las elevadas tasas de desistimiento encontradas en los primeros estudios de seguimiento, se deban por tanto, más que a un desistimiento real, a la llegada a la fase de negación, dentro de un sistema binarista de sexogénero.

Como comprobación de esta hipótesis, se debería por tanto extender los estudios de seguimiento más allá de la primera negación para ver si se llega a una negación de la negación, y en qué proporciones, que podrían alterar radicalmente las estadísticas.

También se podría verificar si el actual apoyo materno y paterno, que permite la expresión identitaria temprana, disminuye considerablemente la aparición de la fase de negación, y permite por tanto un desarrollo del/la/le menor más armónico y menos conflictivo, dándole herramientas para superar los miedos o los inconvenientes reales que pueda encontrar.

LA VISIÓN ESTADÍSTICA NO-BINARIA DE LAS HISTORIAS PERSONALES DE EXPRESIÓN DE SEXOGÉNERO NO-NORMATIVA

Hay una forma más profunda de mirar el pasado, el presente y el futuro de los/las/les menores de sexogénero no-normativo.

El ser humano, como ser racional, aparece por encima de todas sus determinaciones y sus escisiones, hasta el punto de que no se le puede identificar con ninguna de ellas, ni considerarse como sometido a ellas. En ese sentido, somos fundamentalmente iguales. Podemos razonar. Ésta es la base de nuestra dignidad, y de una condición, la humana, que se expresa por tanto con esta sola palabra, sin calificativos.

En el terreno del sexogénero es necesario también saberse por encima de todas las distinciones y por igual. No es que no existan las distinciones, sino que están por debajo de nuestra racionalidad.

Por eso, muchas personas de sexogénero no-normativo, ahora, cuando se definen a sí mismas, dicen: “Yo, ante todo, soy persona”.

Nuestro entendimiento nos permite formar conceptos (encontrando lo que es común entre realidades distintas –común entre todos los humanos, por ejemplo), hacer juicios, con ellos, y desarrollar, con los juicios, discursos mutuamente comprensibles, de una manera gradual. También nos permite llegar a intuiciones o comprensiones no graduales, estéticas o afectivas, algunas de ellas universal o casi universalmente compartidas, pero que nuestra razón debe justificar.

Así, como también forma parte de la realidad intuitiva, situándonos en ese plano de las distinciones de sexogénero, encontramos que existe un discurso literalmente oficial, encuadrado en un Código de Género, en parte escrito y en parte consuetudinario, que es binarista, porque afirma que sólo hay dos sexos, correlativos a dos géneros, correlativos a dos orientaciones, y que cualquier realidad que esté fuera de este esquema debe ser reprimida penalmente con sanciones públicas que van desde el silencio a la irrisión, y en otros tiempos o lugares, incluso hoy, hasta la cárcel o la pena de muerte.

Pero a la vez, la misma existencia de ese Código de Género nos muestra que la realidad del sexogénero es no-binaria, no corresponde a esos dos imaginarios conjuntos cerrados (en los que la pertenencia se afirma mediante un sí-no), sino que está formada por una serie de continuos y de conjuntos difusos o abiertos (definidos por un más-menos – Lotfi A. Zadeh), en cuestiones de sexo biológico, de género social y de orientación.

En estas escisiones (sexo significa escisión, división, distinción), que debemos recordar que se encuentran a un nivel previo al de nuestra visión unitaria como seres de pensamiento, racionales e intuitivos, podemos considerar las difusas expresiones de sexogénero no-normativo, es decir, no sometido al Código de Género.

Podemos ver, empíricamente, y sin necesidad de entrar en discusiones etiológicas, que los/las/les menores con actitudes de sexogénero no normativo forman un continuo en cuyos extremos hay por lo menos cuatro grandes atractores estadísticos unidos por numerosas condiciones intermedias, que reúnen a personas XX, XY, X0, XXY, XYY, etcétera

Entre las personas transexuales feminizantes que se acercan a uno de los atractores estadísticos, hay una minoría formada por quienes desde su niñez tiene una conducta de género muy femenina, quizá una identidad femenina muy temprana, desde los dos-tres años, que juegan sobre todo con niñas, a juegos apacibles, no combativos; su feminidad no-normativa es confirmada por más-menos acoso escolar; de acuerdo con su identidad, su experiencia, sus expectativas, quieren vivir como niñas, y si los padres y el medio escolar se lo permiten, pasan de la noche al día en un momento, de un carácter triste durante el tiempo que hayan tenido que vivir bajo la represión a mostrar su alegría y su adaptación; su valoración de la ropa femenina está funcionalmente correlacionada con su identidad, no libidinalmente, y a partir de su pubertad sienten intenso deseo por los varones.

Lo siguiente lo puedo escribir casi como un calco de lo precedente, pero estadísticamente distinto: entre las personas transexuales masculinizantes que se acercan a otro de los atractores estadísticos, la mayoría en este caso muestran desde su niñez un conducta de género muy masculino, quizá una identidad masculina muy temprana, prefieren en su niñez los juegos físicos, de equipo, y la compañía de los niños varones; su masculinidad no-normativa es confirmada por más-menos acoso escolar; de acuerdo con su identidad, su experiencia, sus expectativas, quieren vivir como niños, y si los padres y el medio escolar se lo permiten, pasan de la noche al día en un momento, de un carácter triste durante el tiempo que hayan tenido que vivir bajo la represión a mostrar su alegría y su adaptación; su valoración de la ropa masculina está correlacionada con su identidad y desarrollan un intenso deseo por las mujeres.

La idea de continuo se ve en que hay otras personas, transexuales feminizantes, menos definida que las anteriores, ambiguas, desde la niñez, y que pueden encontrar acoso de género escolar, lo que sí es definitorio socialmente; en alguna de estas personas, lo que decide la transexualidad es su inadaptación a la masculinidad, que puede llegar hasta una fuerte androfobia, una aversión hacia los varones, o su rechazo a los genitales masculinos en su cuerpo, todo ello incompatible con el sentido de sí, que lleva a elegir como alternativa la condición de mujer, primero reflexivamente, luego, puede ser que siguiendo un modelo autoginéfilo, que enseguida explicaré, que sin embargo no es primario, sino secundario, siendo lo primario el aborrecimiento y extrañeza ante la masculinidad y los genitales masculinos (2.XI.13)

Hay un cuarto atractor estadístico formado por la mayoría de las personas transexuales feminizantes, que se absorben en una necesidad identitaria de fusión con la Imagen de la Mujer, que puede aparecer desde la primera niñez, con tres o cuatro años (como en una persona, que al ver a una niña de su edad haciendo pis, quiso que su cuerpo fuera como el de ella), y después prestan gran atención a la belleza, arreglo y ropas de la mujer en general, profesando adoración a sus madres; pueden haber sido niños solitarios, y “pegados a las faldas de su madre”; pueden integrarse con varones en juegos de acción, de equipo y de combate, sin sufrir acoso escolar de género; pueden hacerse novios de muchachillas, casarse felices y tener hijos, con una vida laboral masculina; y suelen travestirse intensamente, muy libidinalmente. Su visión de la mujer es esa imagen externa, no la de una afinidad caracterial; y llevan al extremo, incluso a hormonarse y operarse, las tendencias del travestismo hetero, llamado también, más acertadamente, feminofilia. Es el “yo soy tú”, del amor místico, tanto hacia la Mujer en abstracto como hacia las mujeres que aman en su vida.
En este grupo estadístico, se puede decir que su orientación es su identidad; de una manera análoga, Klimt decía “yo soy color… yo soy pintor”.

(Este atractor corresponde en parte al grupo entendido por Ray Blanchard, 1989, como un deseo de “autoginefilia” o “amor de sí como mujer”; se define por su orientación sexual, “no-andrófila”. La Dra Anne Lawrence, seguidora de este punto de vista, estima que se trata de una explicación unitaria, diferente de la del sexo cerebral (“A Critique of the Brain-Sex Theory of Transsexualism”, actualizada 2007)
Puede ser que la diferencia entre feminofilia y autoginefilia sea la presencia en el primer grupo de una homofilia (afinidad con los semejantes, en este caso los varones) que forme una barrera identitaria masculina que impida justo la fusión amorosa con la mujer, haciendo que la masculinidad sea valorada lo suficiente, mientras que en el segundo, el de la autoginefilia, tal barrera faltaría, la masculinidad no sería valorada, llegándose incluso a la androfobia, y el deseo de fusión sería intensísimo)
En este ensayo parto de una descripción estadística en la que se advierten varios atractores y eludo las explicaciones y discusiones de las causas, todas todavía inseguras. Pero creo que las simples descripciones pueden enfatizar unos aspectos y no otros. Las actuales de las teoría de la autoginefilia enfatizan los rasgos masculinos que asemejan la autoginefilia a una parafilia, pero yo enfatizo el rasgo identitario de ausencia de homofilia)

En una novela, de la que desgraciadamente no conservo el nombre del autor, italiano, se manifiesta este sentimiento de una manera muy bella. Un adolescente está enamorado de su prima. En un carnaval, buscando un disfraz, sube al cuarto de ella, busca en su armario, y encuentra uno de sus vestidos. Se lo pone y se mira en el espejo y en ese instante ve en él la imagen de su prima, pues se le parece mucho.

PREDICTIBILIDAD DE LAS FASES DE NEGACIÓN/DESISTIMIENTO Y DE LAS DE NEGACIÓN DE LA NEGACIÓN/RETORNO EN MENORES DE SEXOGÉNERO NO-NORMATIVO

Los desistimientos son propios del binarismo. Después de integrarse en la vida social, como es común dada nuestra cultura binarista, como niñas o niños, los/las/les menores de sexogénero no-normativo, al llegar a la adolescencia pueden decirse, por ejemplo: “No podía vivir como niño, he vivido como niña, tampoco me he adaptado, tendré que volver a vivir como varón”.

Se encuentran cautivos de la noción de que sólo hay dos sexos, dos géneros, dos orientaciones.

Sería muy distinto si pudieran decirse: “No podía vivir como niño binarista, he vivido como niña binarista, tampoco me he adaptado, viviré como niño-niña-niñe no binario)”

Es decir, viviré como yo, ser único, sin dependencias pero sí con afinidades, sin tener que obedecer a ningún Código de Género, más-menos cerca de alguno de los atractores estadísticos de la masculinidad-feminidad o en tierra de nadie o lejos de ambos, a mi manera.

Está claro que mientras las cabezas y los corazones estén mediatizados por el Código de Género binarista, tanto por parte de madres, padres y tutores como por la de los/las/les menores, habrá desistimientos, que son fracasos del binarismo.

El nobinarismo ve lo que estamos viendo tal como es. No tiene que ver un “puré” de género; ve mayorías contentas con sus géneros, pero ve también a las minorías, y no quiere negar su existencia, ni las censura, como hace el binarismo. Ve la realidad. Valora la realidad, como regalo de la biodiversidad. Educa en libertad. Si te sientes firme en tu género, si lo amas, si persistes en él tomándolo a gala, si expresa tus sentimientos, te aprecia. Si quieres probar las otras realidades, si tus sentimientos buscan otra expresión, te aprecia también.

La educación no-binaria debe ser experimental. Los niños/as/es deben poder experimentar el género, cuando lo deseen, igual que todas las otras circunstancias de su vida. Los humanos, en general, somos experimentadores, para entender el mundo en el que nos encontramos, necesitamos experimentar, ver “cómo puede ser”, entrar por todas las puertas de la casa, para ver las habitaciones, y después quedarse en alguna de ellas, o volver a salir.

Eso lo necesitan sobre todo las personas jóvenes, que todavía no se conocen a sí mismas, y sobre todos, las/los/les adolescentes, ávidos de experiencia y de vivir. El papel de los padres es enseñarles a vivir por sí solos, con el tiempo. Para eso, no deben decirles “sígueme”, sino “anda”. Deben seguirles ellos, simbólicamente los brazos extendidos, para evitar que se caigan, apartando obstáculos, si pueden; abriéndoles puertas, todas, explicándoles de antemano lo que hay tras ellas, acogiéndoles de nuevo si yerran… ¿Qué otra cosa se puede hacer, tal como somos?

Tenemos que crear un medio escolar, ahora inexistente, en el que la experimentación de género sea lo usual, no la excepción. No hay que tener miedo: el género nace de dentro, no viene de fuera, como las personas transgénero demostramos con nuestras vidas.

Cada experimento podrá dudar unas horas o unos años; nadie se extrañará. Será normal ir hacia delante o hacia atrás. Nadie pedirá certificados ni permisos. Se está experimentando, la condición natural humana. A lo mejor se desea avanzar en el cambio: un bloqueo de la pubertad, una hormonación, si siguen nuestras pautas de transformación de ahora, pueden ser experimentos muy decisivos, en caso necesario. El primero es reversible, la segunda, reversible en los primeros plazos.

Si no existe el desistimiento, fuera del Código de Género, cabe esperar que en el futuro, cuando la libre experimentación de sexogénero sea habitual, no exista más que una búsqueda de la coherencia y la expresión personal, como en cualquier otro de los ámbitos de la vida, como el laboral, etcétera, que podrá ser mayoritaria, cerca de los atractores estadísticos, o lejos, y será minoritaria e incluso singular.

Pero mientras llega ese tiempo, se puede sustituir el concepto de desistimiento por el de fase de negación, que puede ser definitiva o ir seguida por una fase de negación de la negación.

Tomo este nombre de la filosofía dialéctica, porque lo que estoy diciendo parece un proceso dialéctico: a una fase de afirmación o tesis del sexogénero más personal (binarista) le puede (o no) suceder una fase de negación o antítesis (binarista) a la que puede (o no) seguir una fase de negación de la negación (binarista, de retorno al punto de partida, o nobinaria, que sería la verdadera síntesis, de entrada en una expresión nueva y personal)

La fase de negación, para menores adolescentes, también puede entenderse como una necesidad de exploración de la realidad, no sólo la del sexogénero reasignado sino la del sexogénero asignado o quizá la de la negación de todo sexogénero.

Una vez producida, puede durar meses, años y aun decenios. Puede descubrir cierto balance de las preferencias, poniendo por ejemplo las posibilidades para encontrar compañía de sexogénero, por delante de cualquier cuestión identitaria. Es obvio que debe ser respetada la decisión de cualquier adolescente que desee explorar la realidad.

Pero también puede (o no) ser seguida por una fase de negación de la negación, de retorno a la primera expresión de deseo de cambio de sexogénero o de búsqueda de una expresión nueva.

En este sentido hay que decir que los actuales estudios de seguimiento se detienen en la primera fase de negación, que a lo mejor podría ser sólo de cambio en la afirmación, entendiéndola erróneamente como desistimiento. Hipotetizo que quizá por eso sea baja, en las muestras de población estudiadas, algo menos de un tercio, la persistencia en las actitudes anteriores, y alta, alrededor de dos tercios, la apariencia de desistimiento. Se deben realizar estudios de seguimiento que lleguen más lejos, y puedan incluir las negaciones de la negación y entonces hipotetizo también que descenderá el número de los negadores.

También hay que considerar, para predecir la posible negación, la facilidad o dificultad del encuentro de compañía de sexogénero, en los diferentes atractores estadísticos.

En menores feminizantes andrófilas, puede apreciarse empíricamente que pueden poner en una balanza lo uno y lo otro, y quizá el resultado sea que prevalezca en su adolescencia y juventud el deseo de la androfilia, más que la afirmación identitaria, porque siéndoles muy importante la relación con los varones, encuentran al afirmarse como mujeres un rechazo tanto por parte de muchos varones homos (no de todos), que valoran la masculinidad, como por parte de muchos varones heteros (no de todos), que la ven pese a todo. El planteamiento de la fase de negación puede ser incluso “Yo me siento mujer, pero no necesito vivir como mujer”. Puede que también intente conseguir una hipermasculinización. Pero puede dejar la fase de negación cuando constate la subsistencia de su condición personal, de su primera afirmación de feminidad.

En menores feminizantes más ambiguos/as/es, incluso con identidad masculina, puede ser que la identidad femenina empiece a llegar más tarde; recuerdo mi frase silenciosa, para mí sola, con nueve o diez años: “Yo habría sido más feliz si hubiera nacido niña”; pero la coexistencia de las dos identidades puede generar un vaivén de afirmación-negación que puede suponer fases largas de negación y la llegada final a una negación de la negación, que suponga la estabilidad.

En menores feminizantes ginéfilas, su identidad es su orientación, por lo que dada la grandísima coherencia de ambas supongo que no tienen fases de negación.

Los menores masculinizantes ginéfilos pueden tener experiencias no exentas de orgullo por su integración natural entre los varones androgénicos, a los que con frecuencia superan en decisión, temperamento activo, deportes de equipo, etcétera. Al llegar la pubertad, pueden encontrar con facilidad, por comprobación empírica multitudinaria, a mujeres adolescentes heteras que se sienten atraídas por ellos, todo ventajas que hacen menos probable una fase de negación.

Los menores masculinizantes andrófilos o bisexuales, pueden encontrar en su expresión de sexogénero las muchas alegrías correspondientes a la perfecta evolución de sus caracteres masculinos secundarios, como en el caso anterior y a su perfecta inserción social. A partir de la pubertad, si son bisexuales encontrarán con facilidad compañía de sexogénero, y si son andrófilos tendrán que hallar los varones reales que son muy distintos de lo usual, muy personalizados, imprevisibles según los modelos estándar; este empeño es realista pero difícil, y puede dar lugar a fases de negación, hasta llegar a la negación de la negación.

Pero seremos cada vez más personales todas las personas, una vez liberadas del Código de Género vigente en nuestra cultura y nuestras costumbres (aunque atenuado en ellas por el matrimonio igualitario y las leyes de identidad de género, que van por delante de la sociedad), puesto que es binarista, penal y restrictivo.

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