La transexualidad en Irán la Republíca pseudo-islámica

aLa revolución transexual de los ayatolás

Una insólita disposición religiosa ha convertido a Teherán en la capital mundial de las operaciones de cambio de sexo: cerca de 400 iraníes lo han podido hacer desde que, en 1983, el ayatolá Jomeini las bendijera legalmente. Sin embargo, los gays son perseguidos “en nombre de Alá”: cerca de 4.000 han sido ejecutados desde la llegada de los clérigos al poder.a

aPor Caroline Mangez. Fotografías de Alexandra Boulat
Lo sé porque he conocido ambos mundos. Y como hombre, en Irán, tengo más libertad y opciones que como mujer”, reflexiona el agente inmobiliario Milad Kajouhinejad, de 30 años (en la foto de la derecha), mientras se suelta el nudo de la corbata y se desabotona la camisa para descubrir su pecho hirsuto. Le encanta hacer este gesto masculino, al igual que le gusta llevar maletín y una espesa barba de practicante musulmán. Hace tres años no podía hacer nada de esto. “Tampoco iba a la mezquita. No quería llevar chador. Ahora puedo rezar en pantalones cortos si quiero, y nunca me olvido de mis oraciones”, afirma.
Milad da gracias a Alá cinco veces al día, y al hacerlo, siempre eleva una plegaria especial al desaparecido ayatolá Jomeini, “sin quien todos los transexuales tendrían que marcharse de Irán. Fue el primero en dictar una fatwa [ley] que autorizaba a hombres y mujeres a cambiar de sexo”, recuerda.
Hoy en día, más de 15 años después de la muerte de Jomeini, y debido al increíble fallo de este clérigo, la población de transexuales de Irán es una de las mayores del mundo, y la fatwa misma ha pasado a ser una leyenda. “Un estudiante de teología me dijo que el clérigo emitió su veredicto después de conocer a una pareja que había dejado de experimentar placer. Jomeini les aconsejó que cambiaran de sexo y, una vez que la mujer se hubiera convertido en hombre y el hombre en mujer, que volvieran a casarse”, afirma Manhaz Javaheri, de 42 años, madre de Athena, una mujer de 20 años que, tal como ella misma dice, “necesitaba librarse de su cuerpo de hombre”.
Musulmana practicante, Mahnaz afirma que si los tres imames con los que consultó no hubieran dado su autorización, nunca habría permitido que su hijo se convirtiera en Athena, “aunque ello significara empujarle al suicidio”.
Cambio legal. Antes de que se aprobara legalmente el cambio de sexo, en 1983, la administración de Jomeini había acosado y detenido sistemáticamente a los transexuales, a los que agrupaba junto con la comunidad gay de Irán. De acuerdo a las leyes iraníes, la homosexualidad se castiga con azotes, penas de cárcel y, en casos de reincidencia, con la muerte. Pero ese año, Fereidum, un hombre que había intentado entrevistarse en varias ocasiones con Jomeini, logró introducirse en las habitaciones privadas del líder religioso. Y lo más sorprendente de todo es que, tras demostrarle que era una mujer atrapada en un cuerpo de hombre —le mostró sus pechos—, le convenció para sacar adelante la ley.
Y hoy Milad está encantado de ser el hombre que siempre había soñado ser cuando era una chica llamada Mahboubeh, “la amada”. Los únicos rastros que quedan de su otra vida son los dos minúsculos agujeros en sus orejas, que le hizo su madre, Fátima, para que llevara pendientes, y una foto en blanco y negro en el álbum de la familia donde Mahboubeh aparece llorando, a sus tres años, porque le habían recogido el pelo en coletas.
“A mí me afectaban todas las restricciones a las que están sometidas las mujeres de Irán. No me permitían salir, y mucho menos consultar con un médico para hablar de mi problema y, por supuesto, tenía que llevar velo en público. Solía esconder ropa de chicos en mi cartera para jugar con los niños en la calle después de salir del colegio. Era popular con las chicas de clase. Provenían de familias estrictas, de modo que para ellas era una gran oportunidad tener un amigo sin dar la impresión de que tramaban algo”, asegura el ahora agente inmobiliario.
“Sí, sabían que no podíamos quitarles su bien más preciado: su virginidad. Por tanto, se sentían muy relajadas en nuestra presencia. En Irán desprecian a los hombres que se comportan como mujeres. Pero respetan a las chicas que se comportan y visten como los hombres por su fuerte carácter”, recuerda Amin, de 28 años, el mejor amigo de Milad en el colegio, que también se ha sometido a una operación de cambio de sexo.
Mahboubeh tenía 9 años cuando su padre, camionero de profesión, la sorprendió abrazada a una de sus amigas. No le dijo nada, pero estaba convencido de que su hija se estaba convirtiendo en homosexual. En 1986, a fin de despertar la feminidad de Mahboubeh, sus padres la casaron por la fuerza con un primo de 30 años. Apenas tenía 12, pero, el día antes de la boda, un médico del Estado confirmó que ya era una “mujer adulta”, ya que tenía pechos y menstruaba. Tras ser violada, huyó. “Cuando la policía me llevó de vuelta a mi padre, éste aceptó que me divorciara. De lo contrario me hubiera suicidado”, recuerda.
Algunos años más tarde, en la universidad, Mahboubeh descubrió un libro sobre transexuales en la biblioteca, y con él la existencia de Milad en su interior. Como los clérigos de Irán se enorgullecen de su capacidad de pronunciarse sobre cualquier aspecto de la vida de los fieles, fue a ellos a quienes acudió. “Primero hablé con un médico de la seguridad social y luego, durante un año y medio, me fueron enviando a distintos expertos y psiquiatras. Me sometieron a centenares de pruebas, incluso a un escáner del cerebro. Al final, un juez autorizó la operación”, recuerda. “Debido a trastornos de identidad sexual”, dice el certificado médico que acompaña el fallo judicial.
En aquel momento, la joven, que entonces tenía 26 años, fue rechazada por sus padres. “Al principio no nos gustó”, afirma Fátima, la madre, a quien Milad aún ayuda en la cocina, a diferencia de los otros tres hijos de esta familia ya reconciliada. “Mi familia me echó. Tenía que buscar dinero… Conducía un taxi desde las seis de la mañana hasta medianoche. El resto del tiempo dormía en el coche”, cuenta, por su parte, Milad.
El procedimiento de cambio de sexo tardó años y costó miles de euros, entre dos y tres veces más que los 3.000 euros que suele cobrar un cirujano iraní por convertir a un hombre en una mujer. “Solicité la ayuda económica que suele dar la organización de beneficencia del imam Jomeini a la gente como yo. Conceden préstamos sin intereses de hasta 1.000 euros”, explica.
Milad había leído en Internet que cuatro operaciones bastarían para el cambio de sexo. Injertos de piel, de nervios, de tejido muscular… Sin embargo, se ha sometido a 23 operaciones en tres años. “Mi cirujano, el doctor Khatir, ha hecho tan buen trabajo que dentro de poco ninguna mujer notará nada”, sostiene.
Es la única persona en Irán, y quizá en todo el mundo, que ha llegado tan lejos. La última operación fue la más difícil. Dos sesiones de cuatro horas en el quirófano: sus amigos lloraban en los pasillos y Milad pensaba que se moría, mientras elevaba al cielo sus últimas oraciones y mordía una bufanda para ahogar sus gritos. Sólo se la quitó de la boca para decirle al doctor Khatir: “Siga, prefiero morir que seguir siendo una mujer”.
Planes de matrimonio. Milad sigue ahorrando todo el dinero que gana para eliminar sus restos de feminidad. “Cambié mi certificado de nacimiento, mi carné de identidad y el de conducir cuando dejé de ser mujer, en 2001. Hay hormonas para cambiar la voz y la constitución, y tener barba… las tomaré toda mi vida”. Milad, quien asegura tener tanto éxito con las mujeres ahora como antes, lleva anillo de casado, “para que no me molesten. Cuando termine todas las operaciones y tenga suficiente dinero, pensaré en el matrimonio”, subraya.
Amin, que sigue siendo el mejor amigo de Milad, ya está comprometido. Es un miembro de los Guardianes de la Revolución, una organización militar muy estricta; nadie sabe de su operación en este cuerpo. “Ningún miembro de la familia de mi futura esposa conoce mi antigua identidad. Tengo mucho miedo de que se opongan a nuestro matrimonio. Toda mi familia estaba de acuerdo con esto hasta que mi padre falleció. Pero como mis hermanas han descubierto que, según las leyes islámicas de la sharia, como único hombre de la familia tengo derecho a recibir el doble de herencia que ellas, se han negado a verme”, argumenta.
En un Irán dominado por los hombres, las chicas que tienen la mala suerte de nacer con un cuerpo de varón son el hazmerreír. Setareh, que ahora es una mujer de 24 años, conoció de primera mano esta situación al hacer sus dos años de servicio militar obligatorio cuando todavía se llamaba Said. “La vida en el cuartel era una agonía. Para impedir que la gente se siguiera burlando de mí, acabé deseando tener aspecto de un combatiente de Hizbulá, me dejé crecer la barba y me esforzaba en las sesiones de adiestramiento. Fue en el ejército donde me enamoré de Ali, el día que luchó contra tres soldados que intentaban violarme amenazándome con un cuchillo. Entonces tenía 19 años, y él casi 21. Fue él quien me animó a cambar de sexo para que pudiéramos casarnos”, explica.
La pareja ha convencido a los padres de Ali de que Setareh es la hermana del Said que habían conocido. “Cada vez que mis suegros me preguntan por Said me sonrojo y les digo que ha partido en un viaje largo”, dice Setareh, quien nunca se quita el chador. “Ali insiste en que lo lleve, de la misma manera que desea que me dedique al trabajo doméstico”. Setareh, que es capaz de proporcionar placer sin experimentarlo —”Me lo advirtieron”, reconoce— está contenta con su suerte.
Según algunos transexuales, su estatus legal en la sociedad ha hecho que muchos gays iraníes soliciten autorización para un cambio de sexo, lo que, de serles concedido, les permite continuar sus relaciones sin temor a ser arrestados.
Pero el reconocimiento legal no es lo mismo que la aceptación social. Los transexuales de Irán no sólo siguen sufriendo ostracismo, sino también agresiones físicas. Por cada Milad y Athena, felizmente integrados en la sociedad, hay mujeres y hombres que deben ocultar su recién adquirida identidad bajo un traje o un chador.

aCONTRADICCIONES DE LOS AYATOLÁS
“Mofsed fel arz” (corrupto en la tierra) es la etiqueta que el régimen de los ayatolás iraníes coloca a quienes osan violar los límites marcados por la interpretación que ellos hacen del Corán. Antes de su llegada al poder en 1977, la homosexualidad era más o menos tolerada, aunque con el triunfo de la revolución de Jomeini, la situación cambió radicalmente. Desde entonces, se ha ejecutado a más de 4.000 gays. Además, no son aislados los casos de lapidación de mujeres acusadas de adulterio y las condenas a la pena capital por delitos sexuales o por ser crítico con el régimen son denunciadas, año tras año, por organismos en defensa de los derechos humanos como Ammistía Internacional: sólo en 2004 fueron condenados a muerte 159 iraníes. Una trágica realidad que contrasta con las cerca de 400 operaciones de cambio de sexo autorizadas desde 1983, un hecho singular en todo el mundo islámico.

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