Lo que está en juego en la cuestión LGBT

Lo que está en juego en la cuestión LGBT
Escrito por Gabriel Girard y Daniela Rojas Castro
aUn número creciente de países en particular en Europa y América Latina, ahora practican la igualdad de derechos, los demás continúan castigando la homosexualidad con la pena de prisión o la pena de muerte.

En momentos en que Francia debate sobre el matrimonio homosexual y que Argentina promulga una ley autorizando el cambio de sexo, la mejoría en las condiciones de vida de las personas lesbianas, gay, bi y transexuales (LGBT) (1) es indiscutible. Parecen lejanos los tiempos en que esas preferencias sexuales caían en el ámbito de una “ley de peligrosidad y rehabilitación social” como en España, o estaban vigiladas por el “grupo de control de homosexuales de la prefectura de policía de París”; la primera fue abolida en 1979 y el segundo en 1981. Pero la evolución es menos lineal de lo que parece. Las desigualdades y las discriminaciones basadas en la orientación sexual perduran: en cerca de ochenta países la represión estatal y los actos de violencia, a menudo avalados por fundamentalismos religiosos, condenan a las personas LGBT a la clandestinidad.

A comienzos de la década de 1980, en la mayoría de países occidentales, las reivindicaciones LGBT estaban centradas en el tema del reconocimiento social y legal. En el contexto de la epidemia emergente de sida, al tiempo que aumentaba el número de muertos, la falta de derechos para las parejas del mismo sexo generó situaciones dramáticas, pues la persona que sobrevivía no tenía existencia jurídica. Las primeras leyes sobre las parejas gays y lesbianas surgieron en el norte de Europa (Dinamarca, Noruega, Islandia y Suecia) al comienzo de la década de 1990. Esa ola de nuevos derechos, que ilustra perfectamente el Pacto Civil de Solidaridad (PACS) votado en Francia en 1999, proviene de un movimiento –apoyado por los partidos socialdemócratas– que mezclaba tolerancia y reconocimiento social. Su lógica política es en primer lugar la diferenciación: las parejas del mismo sexo no tenían acceso a los mismos derechos que un matrimonio, particularmente en lo que toca a la paternidad y a la adopción (2). Pero esos primeros avances abrieron nuevos horizontes reivindicativos.

A partir de fines de la década de 1990 los movimientos LGBT se inscriben mayoritariamente en una perspectiva fundada en la noción de igualdad de derechos entre parejas homosexuales y heterosexuales. Primero Holanda (en 2001) y luego los países escandinavos, adaptaron su legislación en ese sentido. España (en 2005), y Portugal (en 2010), autorizaron el matrimonio y la adopción. Sudáfrica y Canadá (en 2005), seguidos de Argentina (2010) votaron a su vez legislaciones igualitarias, como también algunos Estados de Brasil (Alagoas), de México (Distrito Federal, Quintana Roo) y de Estados Unidos (Connecticut, Iowa, Massachusetts, New Hampshire, New York, Washington, Washington DC y Maryland). Finalmente, en cerca de veinte países la homofobia es considerada un agravante al cometerse un crimen.

aRepresión y reprobación social

Sin embargo, analizar esos avances legales como resultado de una lenta pero profunda evolución de las mentalidades constituye una lectura errónea. Las resistencias siguen siendo fuertes, y así lo muestran la posición de las Iglesias católicas en Francia y España sobre el matrimonio homosexual, o la firma del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Willard Mitt Romney, del Federal Marriage Amendment, que apunta a limitar el matrimonio únicamente a las parejas heterosexuales. Mientras que a diario, las personas LGBT siguen padeciendo actos de violencia verbal y física.

Por otra parte, el reconocimiento de sus derechos está lejos de ser algo aceptado universalmente. Las relaciones entre personas del mismo sexo son aún consideradas ilegales en setenta y ocho países, donde pueden ser castigadas con penas de cárcel y hasta con la pena de muerte. Independientemente de la dureza de las legislaciones, las prácticas homosexuales constituyen el blanco predilecto de los regímenes políticos y las corrientes religiosas que quieren imponer una autoridad “moral”. Numerosos países de Africa y de Oriente Medio sobresalen por la acentuación, en la última década, de una homofobia violenta y a veces asesina, particularmente encarnada en corrientes fundamentalistas del islam. Así es que en Arabia Saudita, Irán, Yemen, Nigeria, Sudán, Afganistán y Mauritania, los actos homosexuales pueden ser castigados con la pena de muerte. En 2002, tres hombres fueron decapitados en Arabia saudita, mientras que en Irán dos adolescentes fueron ejecutados en 2005 y un tercero, condenado en 2010, pudo ser salvado de morir gracias a la movilización internacional. En Irak, a pesar de que la homosexualidad es legal, milicias islamistas armadas masacraron varios cientos de personas desde 2004 (3). Pero las otras religiones no le van a la zaga. En Uganda, los pastores evangélicos (y fundamentalmente la Iglesia Born again) se indignan de la “indulgencia” de una legislación que sin embargo castiga con prisión perpetua a cualquier persona acusada de acto homosexual: los religiosos militan por que se cambie esa condena por la pena de muerte.

En ese contexto las personas LGBT se ven obligadas a vivir en la clandestinidad, y el miedo del oprobio a veces lleva a sus familias a reprimirlos o a denunciarlos. Por lo tanto, las movilizaciones locales son peligrosas: las burlas y las agresiones contra los militantes son frecuentes, y a veces se llega al asesinato (4). Las redes de solidaridad que se desarrollan por medio de Internet son frágiles, las denuncias y la represión de la homosexualidad suelen formar parte de una desconfíanza en los llamados “valores occidentales”. A comienzos de 2011 en Camerún, fue con ese pretexto que el gobierno denunció la participación financiera de la Unión Europea en programas de apoyo a los derechos de las minorías sexuales. Recientemente, en Uganda, varias organizaciones no gubernamentales (ONG) internacionales, fueron acusadas de “reclutar homosexuales” entre los jóvenes ugandeses, y se les prohibió el acceso a ese país.

A las discriminaciones legales que afectan a los grupos de “sexualidad despreciada” (5) se suman las relativas a la salud. Los datos sobre la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (HIV) muestran esa vulnerabilidad específica. La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica, por ejemplo, para América Latina: “A pesar de que en la mayoría de los países de la región la tasa de HIV es inferior al 1% entre la población en general, esta es sin embargo entre cinco y veinte veces más alta en los hombres que tienen relaciones sexuales con hombres (HSH) (6). La estigmatización y la discriminación asociadas a la homofobia alimentan la epidemia” (7). A escala internacional una gran mayoría de HSH está fuera del alcance de los programas de prevención del sida (8). Frente a la estigmatización, a la violencia o a la legislación que penaliza la homosexualidad, prefieren muchas veces renunciar a la atención médica para no correr el riesgo de que su sexualidad sea conocida por su familia, por la comunidad, o por las autoridades. Por lo tanto, es muy difícil establecer datos precisos de la epidemia en los HSH en muchos países de Africa del oeste. En otros lados, como en Rusia, la negación de los poderes públicos respecto de la epidemia contribuye directamente a que las cifras sean aproximación y debilita los dispositivos de prevención y de cura.

Cuando existen estructuras sanitarias, y las personas LGBT logran acceder a ellas, a menudo deben enfrentarse a la ignorancia y a los prejuicios del cuerpo médico. Así, por ejemplo, un médico no pide un test de HIV con la excusa de que su paciente “no tiene aspecto de homosexual” o que “está casado”. Alguno de sus colegas posiblemente hará una broma hiriente sobre los “maricones”. Otro tratará de evitarlo como paciente por todos los medios. Como ciertos dentistas con las personas seropositivas (proponiéndole turno para mucho después, o realizando medidas de seguridad ostentatorias). Las lesbianas no escapan a esas discriminaciones en los tratamientos, y el bajo recurso a exámenes ginecológicos tiene consecuencias directas sobre un eventual tratamiento de infecciones sexualmente transmisibles, como el virus del papiloma humano o ciertos cánceres. De su lado, la transidentidad sigue siendo considerada una enfermedad mental, y como tal aun figura en referencias médicas reconocidas a nivel internacional, como el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders).

A fines de la década de 1990, se produjo en Estados Unidos una movilización en torno de la “salud gay” (o “salud LGBT”) que marcó la renovación de una reflexión crítica sobre los puntos clave de la atención médica (9). Si bien sólo concierne por ahora una franja limitada de esos grupos, mayoritariamente masculinos, blancos, adinerados y urbanos, tiene al menos el mérito de proseguir con una historia de acción colectiva y comunitaria. Siguiendo los pasos del feminismo, los movimientos de emancipación de gays y lesbianas post-1968 marcaron el punto de partida de nuevas formas de lucha, centradas en la visibilidad y en la politización de lo íntimo, que cuestionaban al conjunto de la izquierda. Los grupos de liberación homosexual, nacidos en Estados Unidos, emergieron en toda Europa: en Inglaterra, con el Gay Liberation Front; en Francia con el Front Homosexuel d’Action Révolutionnaire (FHAR) (10) etc. Durante la década de 1980, siguiendo el ejemplo de otros movimientos sociales, se fueron transformando e institucionalizando progresivamente.

Sin embargo, Europa del Oeste es escenario de evoluciones diversas. En Francia, el fin de la penalización de la homosexualidad, con la llegada al poder de la izquierda, en 1981, contribuyó al debilitamiento del movimiento. En otros países los gobiernos conservadores adoptaban medidas anti-homosexuales. En el Reino Unido, la Sección 28, votada en 1988, prohibía -por ejemplo- evocar la homosexualidad en las escuelas. En Estados Unidos, los mandatos de Ronald Reagan (1980-1988) estuvieron marcados por una reacción moral y política particularmente perjudicial a la lucha contra el sida.

En todos los casos el registro reivindicativo evolucionó, pasando del cuestionamiento de las normas heterosexuales y patriarcales, a la reivindicación de derechos y reformas compatibles con esas normas. De manera concomitante la irrupción del HIV/sida pesó mucho en la reorientación de la estructuración de los combates homosexuales. Desde comienzos de la década de 1980, la lucha contra la epidemia constituyó un punto central de la reorganización de los comités gays en torno de estructuras como Terrence Higgins Trust en Inglaterra (1982), Gay Men Health Crisis (1982) en Estados Unidos, o AIDES (1984) en Francia. La creación de la asociación Act Up -en 1987 en Nueva York y en 1989 en París- simbolizó esa rebelión de los enfermos provenientes de la comunidad gay.

aCuarenta y cinco años de militancia

La evolución de la militancia homosexual estuvo acompañada por un aumento de los marcos asociativos organizados en torno de la lucha contra las discriminaciones y a favor de la camaradería: clubes deportivos (European Gay and Lesbian Sport Federation) y asociaciones profesionales (como el Sindicato nacional de empresas gays), centros comunitarios en las grandes ciudades, asociaciones de jóvenes o de estudiantes, etc. La marca identitaria –ser gay o lesbiana‑ comenzaba a imponerse sobre una lectura basada en términos de opresión sexual.

La internacionalización de las luchas constituye una de las mayores evoluciones de los movimientos LGBT contemporáneos: no nos confundamos, a partir de la década de 1970 aumentaron los intercambios militantes y teóricos entre activistas homosexuales. Los motines de Stonewall, en Nueva York, en junio de 1969, se transformaron en una referencia mundial para los movimientos de emancipación; los “desfiles del orgullo homosexual” conmemoran anualmente ese acontecimiento. Pero durante la última década, el apoyo a las víctimas de la homofobia se convirtió en un tema mayor de movilización, paralelamente a la emergencia de movimientos de emancipación en países donde la represión prohibía la afirmación de los LGBT. Esa solidaridad logró notables éxitos frente a la homofobia estatal, como en Senegal, donde la presión internacional permitió en 2009 la liberación de militantes de la lucha contra el sida. Esas campañas permitieron además hacer visibles situaciones de represión inaceptables, como la violencia a la que deben enfrentarse los desfiles del orgullo homosexual en Belgrado o en Moscú, o denunciar un proyecto de ley homófobo en Ucrania. Con tales acciones se construyen redes de apoyo indispensables para presentar pedidos de asilo y de inmigración, cuando algunas personas deben salir del país.

Al mismo tiempo, la lucha contra la homofobia pudo ser utilizada políticamente, como lo muestran las recientes controversias sobre el “homonacionalismo” (11). Forjado como un concepto crítico, ese vocablo describe el movimiento que durante la década de 2000 llevó a algunos sectores del movimiento LGBT de los países del norte a señalar a los extranjeros, y en primer lugar a los “musulmanes” como la nueva figura que amenaza los modos de vida de gays y lesbianas. Las legítimas preocupaciones respecto de las persecuciones de ciertos gobiernos y de la homofobia de sectores reaccionarios del islam son en ese caso enroladas en un combate “de civilización”. En Holanda la figura de Pim Fortuyn, homosexual reivindicado y hombre político de extrema derecha, asesinado en 2002, resume hasta un nivel de caricatura esa tendencia. La frontera entre el “progresismo” de los países occidentales y el “oscurantismo” de los otros se vuelve borrosa sin embargo cuando sabemos que los primeros rechazan o restringen el derecho de asilo a las personas perseguidas en los segundos a causa de su orientación sexual…

La globalización de las preocupaciones sobre la situación de las personas LGBT está simbolizada por la adopción de una resolución internacional específica en Yogyakarta (Indonesia) en 2007 (12). Elaborada por expertos en derechos humanos, esa declaración de principios apunta a movilizar las instituciones internacionales para obtener la prohibición de las discriminaciones basadas en la orientación sexual y en la identidad de género. El 26 de marzo de 2007, al ser presentado en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ese texto contó con el apoyo de cincuenta y cuatro países. Actualmente continúan los trámites para hacer posible la adopción de una resolución en la ONU sobre los derechos humanos, la orientación sexual y la identidad de género”.

Pero la situación de los movimientos reivindicativos se caracteriza por la heterogeneidad y por la dispersión. En el plano institucional, grupos de presión centrados en los derechos humanos, como la International LGBT Association (ILGA), hacen lobby a nivel de las instituciones y de los Estados. Esos grupos constituyen una fuerza considerable para el desarrollo de campañas de solidaridad, pero están marcados por la ambigüedad. En su perspectiva, la reivindicación de los derechos participa de una estrategia de reconocimiento identitario que elude en gran medida los problemas de clase, de género y de raza, fracturando las comunidades LGBT.

Por otra parte, esa identidad es en gran parte forjada por las referencias y el mercado occidental. Las películas, las revistas, los sitios internet y el turismo participan de la difusión de cánones identitarios y sexuales. Sin embargo, en muchas regiones las maneras de vivir la propia orientación sexual y el propio género son más diversas y más fluidas. Así, en India, para los hijras, que dicen no ser ni hombres ni mujeres, la dicotomía homosexual-heterosexual no es pertinente. Lo mismo en Coming out [of the closet] –la afirmación pública de la propia orientación sexual o de su identidad de género- aconsejada como una etapa inevitable, choca con ciertas estrategias de emancipación y de resistencia elaboradas localmente, en contextos de represión.

A la inversa de esa afirmación identitaria, las teorías queer desarrollan desde hace unos veinte años una dura crítica contra la naturalidad del sexo y del género (13): al enunciar su carácter socialmente construido, ponen de relieve la diversidad y la fluidez de las identidades sexuales. Esas corrientes intelectuales están muy vinculadas con la emergencia de movimientos políticos radicales, queer (como Queer Nation en Estados Unidos, o Queer for BDS en la campaña de boicot de productos israelíes) o transpédégouines (14) (según la autodefinición del grupo Pantheres roses) por medio de movilizaciones altermundialistas. Sus militantes ostentan estrategias de convergencia de las luchas (feministas, anti-racistas, anticapitalistas) que recuerdan los posicionamientos de los militantes de la década de 1970. Unos y otras ponen en tela de juicio la institucionalización y la mercantilización de las identidades de gays y lesbianas. Sin embargo, sus redes están poco estructuradas. Así, los Panthères roses se desarrollaron en Québec, en Francia y en Portugal en los años 2000, pero sin necesariamente establecer relaciones duraderas. Grupos internacionales importantes, como Queeruption por el mundo anglofono, o las Universidades de verano de las homosexualidades, para el mundo francofono, luchan por mantenerse.

Las cuestiones estratégicas que se plantean actualmente conciernen a la forma de movilización. En el norte, en la década de 1970, las militantes lesbianas reivindicaron y construyeron cuadros autónomos, particularmente en reacción a la misoginia padecida en el seno de grupos creados junto a los gays. Esas formas de movilización, vinculadas al feminismo, constituyen una de las características políticas del movimiento de las lesbianas, sin impedir alianzas estratégicas con asociaciones mixtas. Durante la década de 1990, las personas trans también crearon grupos auto-organizados, marcando así la necesidad de una movilización específica. En el fondo, lo que se está cuestionado es la pretensión universalista de los cuadros “LGBT” dominados por los hombres gays. Estos siguen ocupando muy mayoritariamente los espacios de representación pública, contribuyendo a la invisibilidad de los otros combates.

Por otro lado, la preeminencia de la lucha por los derechos oculta una dimensión fundamental de la emancipación de las personas LGBT: la de la igualdad social. Más a menudo al margen de la solidaridad familiar, los gays, las lesbianas y los trans son especialmente vulnerables a la discriminación sistemática de los servicios públicos y de las estructuras de solidaridad colectiva. Pero en los últimos años, las realidades vividas se diferenciaron en gran medida. En el Sur, los efectos de la crisis económica están agravando la situación de inseguridad y dependencia económica respecto de las redes de apoyo tradicionales, frenando las premisas de estrategias de emancipación individuales y colectivas. En el Norte, para la franja urbana y acomodada la experiencia homosexual ya no está acompañada por discriminaciones mayores. Para los otros -las mujeres, los transexuales, los jóvenes, los pobres y/o precarios- las situaciones son más problemáticas. El acceso a los recursos que ofrece el mundo de los negocios gay y lesbianas sigue siendo difícil y, más generalmente, la afirmación del yo se ve obstaculizada por el desempleo, la precariedad y la dependencia económica respecto de la familia. Por lo tanto, la convergencia de intereses no se sitúa sólo en el seno del movimiento homosexual clásico. En varios países, los Pink Blocks hacen visibles los temas LGBT durante las movilizaciones en defensa de los servicios públicos, contra el racismo y contra el imperialismo, haciendo hincapié en lo intrincado de los combates. Las agrupaciones se estructuran también en los sindicatos a través de comisiones específicas, o con grupos como Queers Against the Cuts en Inglaterra. Los efectos de la crisis económica están involucrados en este movimiento de fractura política de los mundos LGBT, socavando la construcción de perspectivas comunes.

Conquistas legales y transformaciones del orden social no son cosas opuestas, pero donde se cruzan esas tensiones políticas, está en juego la capacidad de los movimientos LGBT para definir estrategias identitarias inclusivas y alianzas con otros movimientos sociales.

Los recientes debates sobre homonacionalismo, aunque se mantienen confinados a áreas restringidas (15), podrían ayudar a abrir nuevas perspectivas estratégicas y políticas. A escala histórica, podemos ver un sano desafío a la hegemonía de los hombres gays blancos de los países del norte sobre los movimientos homosexuales. La afirmación de otros grupos permite cuestionar útilmente los límites de los “intereses comunes” entre las personas L, G, B y T, lo que abre un espacio para la redefinición de las coaliciones necesarias. El peligro es obviamente una creciente fragmentación y un repliegue identitario que hipotecarían las oportunidades de alianza. Conjugando la lucha contra la represión, la conquista de los derechos y la voluntad de transformar un sistema desigual, las movilizaciones del Sur son, quizás, finalmente, el crisol de nuevas estrategias políticas.

1 Preferimos usar la palabra “trans” en lugar de “transexual” o “transgénero”, pues abarca los diversos itinerarios de cambio de género y es reivindicado por la mayoría de las asociaciones concernidas.
2 Virginie Descoutures, Marie Digoix, Eric Fassin y Wilfried Rault, Mariages et homosexualités dans le monde. L’arrangement des normes familiales, Autrement, París, 2008.
3 Cf. http://ilga.org/ilga/en/countries/IRAQ
4 Como David Kato, asesinado en Uganda en 2011, luego de que un diario publicara su nombre y su foto, junto a las de otros noventa y nueve homosexuales, con el título “Hay que colgarlos!”, o Quetzalcóatl Leija Herrera, asesinado a golpes el mismo año en México por haber denunciado ante el fiscal del Estado de Guerrero dieciséis crímenes homófobos cometidos en 2009.
5 Nancy Fraser, Qu’est-ce que la justice sociale? Reconnaissance et redistribution, La Découverte, París, 2005.
6 La sigla HSH, que insiste sobre las prácticas sexuales, permite incluir personas que no se reconocen necesariamente como homosexuales.
7 “Vers un accès universel. Etendre les interventions prioritaires liées au VIH/sida dans le secteur de la santé”, Organización Mundial de la Salud, Ginebra, 2009.
8 “Informe sobre la epidemia mundial de sida: resumen de orientación”, Programa mundial de Naciones Unidas sobre el VIH/sida (Onusida), Ginebra, 2006.
9 Olivier Jablonski, Jean-Yves Le Talec y Georges Sideris (bajo la dirección de), Santé gaie, Pepper-L’Harmattan, París, 2010.
10 Ver Benoît Bréville, “Homosexuels et subversifs”, Manière de voir, n° 118, “Les révolutions dans l’histoire”, agosto-septiembre de 2011.
11 Cf. Jasbir K. Puar, Homonationalisme. Politiques queers après le 11 septembre, Amsterdam, París, 2012, y Didier Lestrade, Pourquoi les gays sont passés à droite, Seuil, París, 2012.
12 http://www.yogyakartaprinciples.org
13 Cf. Judith Butler, Trouble dans le genre. Le féminisme et la subversion de l’identité, La Découverte, París, 2004, y Elsa Dorlin, Sexe, genre et sexualités. Introduction à la théorie féministe, PUF, París, 2008.
14 Nota del traductor: trans-pede-guines: trans (transexual), pede (homosexual masculino en argot francés), guine (lesbiana en argot francés).
15 Cf. Alexandre Jaunais, «Retour sur les nationalismes sexuels», Genre, Sexualité et Société, n° 5, París, 2011.
*Respectivamente, sociólogo en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y de la Universidad Concordia (Canadá), y psicóloga social del Grupo de investigaciones en psicología social.
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