la primera movilización por la reivindicación de los derechos del colectivo LGTBI. Barcelona 1931

Las Carolinas, organizaron la primera movilización por la reivindicación de los derechos del colectivo LGTBI.

Tuvo lugar en las ramblas de Barcelona, en 1931.

El 26 de junio del 1977 se recuerda como el día que se celebró en Barcelona, la primera manifestación por la liberación sexual. A la que asistieron más de 5.000 personas.La manifestación movilizó a homosexuales y transexuales, así como jóvenes libertarios sindicalistas.

Pero es bueno recordar que la primera movilización tuvo lugar en los años treinta.En el mismo lugar, en las ramblas de Barcelona, y la organizaron Las Carolinas. Esa sí que fue la primera manifestación documentada de jóvenes travestidos, tal como se denominó en los periódicos de la época.

Carolinas es el  nombre, como de logia travestida, nombre, santo, seña y uniforme de mantilla y chaquetilla ajustada,  que les da Jean Genet.   Una denominación que aparece fugazmente en el universo de los hombres que se disfrazan de mujeres en el barrio chino  y tan solo en relación al texto de Genet. Un nombre que es como un bólido que surca el cielo de la literatura y dura un instante

Podemos establecer con una probabilidad de acierto alta la vespasiana a la que dirigieron su homenaje las  Carolinas, pero no sin antes dedicar  un recuerdo a esa modalidad de mingitorio público.

A finales del siglo XIX, y formando parte de las reformas que se acometieron en Barcelona para acondicionar la ciudad a los fastos de la exposición universal del año 1888, se instalaron unos urinarios públicos para varones  al modo de las vespasianas francesas puestas de moda  en Paris unos años antes. Vespasianas por la anécdota que cuenta Suetonio en la Vida de los Doce Césares del impuesto que sobre la orina impuso Vespasiano.  En Barcelona se montaron alrededor de una docena. Eran metálicas, de estructura circular coronada por un prisma hexagonal que servía para colocar propaganda, y tenían capacidad para ser usadas por seis personas a la vez.

Una de las vespasianas  se colocó en la Rambla de las Flores.  Pasaron los años y a principios del siglo XX  ese urinario se convirtió, por obra y gracia de la actuación  de anarquistas  y quizá de elementos relacionados con las cloacas del estado, en  el lugar favorito para demostrar el interés de la acción directa en la lucha por la emancipación del género humano.

Comentando el texto de Genet, Juan Goytisolo (http://elpais.com/diario/2009/01/03/babelia/1230943152_850215.html)    llama a las Carolinas valientes precursoras de “las gasolinas” parisienses de mayo de 1968.  Vete a saber quienes fueron  las gasolinas de Paris, pero estoy  convencido de que nunca ha habido travestidos más fieros que los que habitaron el barrio chino entre los años veinte y treinta del siglo pasado.  Ni “gasolinas” del Paris de mayo del 68, ni los amanerados del Magic City del Paris de los años treinta,  ni los travestidos del Dorado berlinés.

Los travestis catalanes se mezclan con el ambiente anarquista y directamente delincuente del primer tercio del siglo pasado, y en la crónica policial de Barcelona de aquellos años con frecuencia aparecen hombres disfrazados de mujer que han participado en un atraco en calidad de quien lleva la pistola, o que han seducido a jóvenes  a los que llevan a parajes solitarios del Tibidabo donde los roban, o que se suman a las revueltas para  asaltar el cuartel de Atarazanas.

Travestis que brujuleaban por las callejuelas del barrio chino. En particular por la calle del Cid donde se encontraban los dos locales que recibían al mayor número de ellos y que gracias a esa circunstancia se convirtieron en referentes del barrio y en el oscuro objeto de deseo de los extranjeros que en Barcelona querían ver aquellos hombres que parecían más mujeres que las que tenían la costumbre de frecuentar. Cuando Georges Bataille, Simone Weil, Douglas Fairbanks, cientos de otros, visitaban Barcelona, iban al Bataclan para ver fumar con el coño a las artistas del local y a continuación a La Criolla y a Cal Sacrista que eran los dos locales que acogían a más travestis.

La Criolla y Cal Sacrista que más tarde, en 1934 se llamó Wu-Li-Chang y se convirtió en la caricatura de una caricatura se encontraban en la calle del Cid, frente a frente. La Criolla tenía su entrada por el número 10 de la calle y Cal Sacrista por el número 1 de la calle de Peracamps. Más popular el primero, más coartada de intelectuales que van de safari antropológico el segundo.

La prensa operó como un gigantesco medio de promoción de ambas salas al señalar la impudicia con la que se comportaban unos viciosos que llevaban su amaneramiento al punto de vestirse de mujer.

Del anonimato en que han quedado los muchos travestis que los frecuentaron –uno de ellos el propio Jean Genet, disfrazado de faralaes para favorecer el intercambio sexual mercenario-  las revistas rescataron a Flor de Otoño, un homosexual bragado de quien se comentaba que había participado en uno de los varios asaltos que sufrió el cuartel militar de Atarazanas.  Lluiset, Flor de Otoño, treintañero fino, con los labios pintados en forma de corazón y las cejas dibujadas,  asiduo de La Criolla e íntimo del gran Pepe (Pepe de la Criolla, naturalmente), encargado del local y responsable de su proyección internacional.

A partir de 1934, uno y otro local fueron declinando. La Criolla fue transformada en verano de 1935 en uno de tantos cabarets como tenía Barcelona y desaparecieron las palmeras sucias del polvo de años y la orquesta enloquecida que junto a la cocaína provocaba sinergias de paroxismo en los parroquianos. Pepe de la Criolla dejó el local y abrió otro, el Barcelona de Noche de la calle de las Tapias, donde llevó las palmeras. Cal Sacrista, se disfrazó de chinosería y cambió su nombre por el de Wu Li Chang. Como aquellos restaurantes con decoración medieval de cartón piedra donde se sirve un remedo de comida de época. Cuando la aviación italiana destrozó la zona en los bombardeos de 1938, las dos salas ya eran tan solo tristes fantasmas.

En los años treinta el escritor francés, Jean Genet, vivía en el barrio Chino.

Jordi Fernández Ramos

Sí, el ahora famoso escritor francés que entonces se ganaba la vida prostituyéndose y robando para su chulo manco llamado Stilitano.

Genet, acudía en busca de clientela masculina a la zona del burdel Madame Petit y a La Criolla.
En su mente creó un local llamado “La Feria” que era una mezcla de los dos locales barceloneses, y así lo plasmó en su obra Querelle de Brest.
En Diario de un ladrón, Jean Genet, cuenta la presencia de jóvenes travestidos en locales como Cal Sacristà, La Criolla y el Bataclán. Cal Sacristà, un tiempo después cambió su nombre por uno más exótico como Wu Li Chang. Eran locales a los que los hombres acudían para vestir a la última moda femenina de París.

También cuenta Genet, que donde muchos empezaban sus encuentros sexuales era en un urinario publico situado al final de las ramblas.

Un urinario que más tarde saltó por los aires con la ayuda de una bomba colocada en su interior por unos anarquistas.
A raíz de este acto se movilizaron “Las Carolinas” que así era como se les llamaba a los jóvenes travestidos de la zona.
Así es como Jean Genet, en Diario de un Ladrón, nos cuenta como sucedieron los hechos;

Barcelona, 1931, una manifestación gay recorre las calles

CARLES COLS

Jean Genet relata en la autobiográfica ‘Diario del ladrón’ un Día del Orgullo LGTBI muy anterior a la existencia de esta celebración.

El saber wikipédico sitúa en el 28 de junio de 1969 el kilómetro cero de las celebraciones del orgullo gay. Fue en Nueva York, dicen, porque aquel día los clientes del bar Stonewall Inn, punto de encuentro de la comunidad homosexual, se hartaron de las redadas policiales. Pero, aunque con mucho menos ruido, puede que la primera manifestación gay documentada haya que situarla en verdad en Barcelona y en una fecha indeterminada, probablemente de 1931.

Lo ocurrido lo retrata Jean Genet en su autobiográfica ‘Diario del ladrón’, una de las mejores mirillas que se pueden encontrar en una biblioteca para fisgonear en el Raval más sórdido, en este caso en el de los años 30. El novelista francés recoge en una de las páginas un acontecimiento que le sorprendió. Un grupo de hombres travestidos, al parecer algo muy común en aquella década, fueron a llevar flores a las ruinas de un urinario situado en la parte baja de la Rambla. Mejor, sin embargo, que lo cuente él propio testigo.

EL FRAGMENTO

“Estaba (se refiere al urinario) cerca del puerto y del cuartel, y la cálida orina de millares de soldados había corroído su chapa de metal. Al constatar su muerte definitiva, las Carolinas, con chales, mantillas, trajes de seda y chaquetillas ajustadas acudieron a ella en solemne delegación para depositar un ramo de flores rojas anudado con un crespón de gasa. El cortejo partió del Paral·lel, torció por la calle de Sant Pau, bajó por la Rambla hasta la estatua de Colón. Eran las ocho de la mañana, el sol iluminaba la escena. Las vi pasar y las acompañé de lejos. Sabía que mi puesto estaba en la comitiva: sus voces heridas, sus gritos de dolor, sus gestos exagerados, se proponían atravesar el espeso desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandiosas: las Hijas de la Vergüenza. Llegadas al puerto, torcieron a la derecha en dirección al cuartel y sobre la chapa herrumbrosa y hedionda del meadero público, sobre su chatarra muerta, depositaron las flores”.

Las Carolinas eran, obviamente, hombres de pelo en pecho, habituales de las vespasianas, ese tipo de urinario de calle que adoptó Barcelona a finales del siglo XIX, inspirados en los modelos originales de París, y que tantos quebraderos de cabeza dieron a las autoridades. En Francia sobrevivieron hasta muy avanzado el siglo XX, pero en Barcelona, que durante un tiempo fue conocida como la ciudad de las bombas, fueron el blanco ocasional de grupos anarquistas y eso precipitó su desaparición. Eran un lugar perfecto para colocar un explosivo y huir. Del que habla Genet, situado en la Rambla de Santa Mònica, sa sabe que saltó por lo aires tres veces solo entre 1904 y 1908, aunque por el relato del autor parece que lo que precipitó su eliminación fue la corrosión del ácido úrico.

LA CRIOLLA

Esa, en cualquier caso, no es la cuestión. Lo fundamental, ya que se celebra el Día del Orgullo Gay, es la desinhibición de Las Carolinas, que hoy puede parecer fuera de época, pero que no lo es tanto si rebusca en la historia del Raval de los años 30, cuando locales como La Criolla eran célebres por su ambiente homosexual. Ni siquiera era un lugar de encuentro dsicreto, como un Stonewall Inn antes de hora. Allí acudía incluso la burguesía barelonesa, no necesariamente a buscar pareja, sino a ver qué se cocía en ese caldero, de prostitutas, drogas, armas y, como le gusta decir a Nazario, maricones.

 

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